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Evolución ideológica

Muchos plantean el fin de las ideologías.

Todo evoluciona y cambia, y creo que estamos confrontando los cambios y adaptaciones de las dos ideologías preponderantes en los últimos dos siglos, pero la ideología como la define el Petit Robert es un “conjunto de ideas, de creencias y de doctrinas propios a una época, a una sociedad o a una clase”, y esto constituye un principio categórico para todo el accionar social, por ende no puede perecer.

Tal vez las ideologías tal cual las conocimos, en la acepción marxista del término, no tengan cabida porque las variables han cambiado y que el mundo se ha tornado más complejo hoy en día y por ende más difícil de predecir, y de teorizar. Sin embargo, toda conducta humana tiene como fundamento un sistema de creencias, sean estas conscientes o inconscientes, explicitas o implícitas, lo cual nos es indispensable para funcionar. De la misma manera las decisiones de los Estados para que sean eficientes tienen que basarse en un conjunto de ideas estructuradas y coherentes.

Hoy en día es cierto que pareciese que hemos llegado a un consenso pragmático de aceptar algunos elementos de las dos grandes ideologías que han dominado el panorama político y económico: una cierta intervención del Estado, sin la cual estaríamos sumergidos en una inestabilidad social y la funcionalidad de una economía de mercado, sin la cual careceríamos de desarrollo y de estímulo; pero ¿no es este planteamiento la aceptación de facto de una ideología de centro?

La insistencia en hablar de post-ideologías y de muertes de las ideologías pareciese tener como presupuesto la necesidad de contar con “ideologías” rígidas, dogmáticas y predictivas; o con la concepción de un mundo dicotómico en dónde podemos establecer quienes son los buenos y quienes son los malos. En efecto, pareciese que el ser humano tiene necesidad de contar con referentes rígidos e inmutables, de allí el resurgimiento de los fundamentalismos religiosos, que parecen ofrecerle al individuo un sistema dogmático que les hace sentirse protegidos, o más seguros en los inciertos y constantes cambios del mundo moderno. Decía Jean Paul Sartre que no hay nada más angustiante como la libertad de tener que decidir cada día de su existencia.

La historia lo que nos ha demostrado es que las recetas y soluciones dadas anteriormente no son más viables. Para mí el desarrollo histórico y científico me ha validado diferentes presupuestos y estos son:

Primero, que la modificación de la supra estructura política y económica, no conlleva la transformación del ser humano, pienso que la transformación social pasa ineluctablemente por la transformación principalmente del ser humano, tomando en cuenta no solamente su dimensión intelectiva, sino psico-emocional.

Segundo, que el ser humano es un ser multidimensional y que para incidir en él tenemos que tomar siempre en cuenta está característica, por lo que las nuevas propuestas deben comprender su desarrollo psico-emocional, su necesidad de vivir en armonía con su medio ambiente para garantizar su sobre vivencia, su necesidad social de pertenencia para construir proyectos comunes que promuevan la justicia social y la solidaridad.

Tercero, que es la libertad la única que garantiza un desarrollo constante, gracias a la proliferación y la diversidad de los planteamientos que nos deja espacios para ser creativos y tomar iniciativas, para construir nuevas alternativas.

Cuarto, que muchos son los elementos que nos motivan, no sólo la riqueza, o el altruismo, axiomas que parece subyacer en las dos ideologías predominantes, que las motivaciones internas a veces son más poderosas; nos mueve más la búsqueda de reconocimiento, de afecto, de validación.

Quinto, que el individuo debe ser conciente de su responsabilidad individual y colectiva, porque vivimos en un sistema interdependiente, en el cual la modificación de un elemento afecta al conjunto.

Sexto, que debemos constantemente cambiar, reinventarnos y romper los viejos creencias o paradigmas porque éste es el principio básico de la evolución.

Séptimo, que como bien lo explica Karl Popper hasta en la ciencia pura vemos como el objeto que observa influye en el fenómeno observado, lo que implica que toda acción humana tendrá una repercusión en cualesquiera leyes que pudiesen existir.

Octavo, que vivimos en un sistema interrelacionado en el cual la modificación de uno de los elementos tendrá una repercusión en la totalidad del sistema social, económico y político.

Noveno, que lo fundamental siempre fue, es y será el ser humano que todas las categorías (de fuerza, apariencia, dinero o poder) pierden importancia frente a la esencia del ser humano

Y décimo, que el ser humano necesita algo que transcienda su propia existencia, que lo sobrepase a él como individuo y que lo lleve a realizarse en el conjunto de la sociedad: un proyecto común por el bien de la humanidad, o la creencia en un ser superior.

En fin, pienso que el auto conocimiento, la conciencia de sí y el actuar concientemente, llevan al individuo a actuar con ética, siguiendo la máxima de “no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”. Comprendiéndonos a nosotros mismos, comprendemos a los demás, desarrollamos el altruismo, la empatía y la solidaridad, sintiéndonos uno con la humanidad y con la naturaleza.

No podemos olvidar que el desarrollo económico sólo tiene sentido si se hace por el bien de la humanidad, y que el punto central no es la tecnología, el desarrollo en sí, o la productividad sino el bienestar del ser humano.

No, no han muerto las ideologías, se están replanteando nuevas y en lo personal estoy segura que este siglo marcará el resurgimiento de un nuevo humanismo, un humanismo integral.