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En persecución/Psicologia/Psicología

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Traductor: TchaikyGrado de desarrollo: 50% (a fecha de 20 de Agosto 2007) Revisor 1: Revisor 2:


Entré al ataque, con la esperanza de pillarlo desprevenido, pero no me había dado cuenta que se dirigía directamente hacia mi al contrario que alejándose de mi, así que me eché encima tan rápido que solamente pude esquivar su ataque para no colisionar. Ninguno de sus disparos en esa pasada me alcanzó, pero consiguió desconcertarme un poco.

Reuben D. “accip” Moore, 56th FG(v)


La psicología y la moral son factores de peso en el combate aéreo. Si puedes desmoralizar a tu presa incluso antes de haber disparado la primera bala, has facilitado muchísimo el derribo subsiguiente. Saber como reacciona la gente ante ciertos estímulos, y obtener beneficio de esto mediante maniobras planeadas, es un aspecto vital del combate aéreo.

Cada enfrentamiento es un duelo de voluntades, una comparación de egos y una medida de la moral. El “moralímetro” es voluble, dependiente de cada movimiento, cada ángulo, cada gramo de energía. Si bien puedes empezar el combate cargado de balas y bravuconadas, no lleva mucho minar tu fortaleza y hundirte en el profundo pozo de la desesperanza. Un movimiento en falso, un error estúpido, una bala incluso, y de repente es el enemigo el que domina la situación rebosante de confianza.

Leer la mente del enemigo, juzgar su miedo, percibir su desesperación y agresividad, sentir su histerismo o su frialdad, es para mí la esencia del combate aéreo en red. No se consigue esto contra un enemigo de inteligencia artificial. En red, puedes de hecho llegar a medir la moral de tu oponente hasta cierto punto y caracterizarlo en uno u otro sentido: éste es un as pero se ha puesto claramente nervioso y se está descuidando; este otro es un novato de primer grado que no tiene idea, ¡mira como gasta su energía!¡mira como entra en pérdida!¡mira como pierde contacto visual!; este otro esta asustado de muerte y corre como un endemoniado, ni siquiera intenta combatir; aquí hay uno que necesita superioridad numérica para combatir, tan pronto como ha sido superado tácticamente pone rumbo a casa; a este otro no le importa un pimiento si colisiona o no; etc.

Una vez que aprendes a juzgar a tu oponente también aprendes a controlar tu estado mental, relajarte y ser calculador en vez de impulsivo en tu aproximación al combate. El tipo que corre alegremente a cualquier combate, de forma endiablada, probablemente no tenga este tipo de conocimiento: lo único que le interesa es un poco de acción y apretar el gatillo. Este individuo es un blanco fácil si consigues aislarlo. La mayoría de los contrarios se dejan intimidar fácilmente y después de haber dado el primer susto serio a tu presa no tardan en aparecer los errores críticos. Asimismo aprenderás a distinguir a los líderes y a los discípulos. Cuando entras a una pareja, observarás que uno de los dos vuela ligeramente adelantado y más o menos estable, mientras que el otro le sigue por detrás o se esfuerza en volar en formación. Si su disposición no les proporciona ya una buena visibilidad, puedes escoger si matar primero al líder o a su desventurado consorte - clavar primero al líder reducirá muy probablemente la moral del escolta a un estado de absoluto pánico, mientras que suprimir al escolta primero no es probable que rebaje la moral del líder hasta el mismo punto. Y también, puede.

Eres tu propio enemigo. Eres el enemigo del enemigo, y el tuyo propio. Debes ser el enemigo, pensar como el enemigo y sentir lo que siente el enemigo para poder derrotarlo.Debes observarlo de modo desapasionado, igual que un vivisector observa a una rata de laboratorio. Tú, como enemigo del enemigo, no puedes estar asustado, no puedes ser manso, no puedes ser débil. Debes mostrar una agresividad inflexible, una voluntad inquebrantable, un dominio total de la situación. Esto por si solo, esta intratabilidad, desmoraliza al enemigo y prepara el terreno para su muerte. Eres el peor enemigo de ti mismo cuando fallas, cuando te abates, cuando dudas, cuando te descorazonas. ¡Mantente firme!

Ríete ante el peligro, tranquiliza el pálpito de tu corazón, centra tu mente y concéntrate en la tarea. Asegura cada ventaja al alcance del hombre y nada, nada, puede pararte. No debes dar nunca al enemigo la más pequeña posibilidad de reaccionar o de responder, nunca. ¡Siempre ganando! ¡Siempre dominando!

Objetivamente, cuales son los factores morales, y ¿como asegurarte que sea el enemigo el que sufra en vez de ti? ¿Cómo evitar desmoralizarte en el peor de los casos?


La mayoría de pilotos temen más los contactos que aparecen arriba y por detrás de su línea alar, que los que aparecen por delante y por debajo de su línea alar.

Obviamente, el piloto teme más la amenaza inmediata que la potencial dado que la primera representa un mayor riesgo para su bienestar. Cuando el enemigo se encuentra en frente y por debajo, te sientes razonablemente seguro y dominando la situación. Por tanto tiene sentido desde más de un punto de vista, atacar desde atrás con una ventaja suficiente de energía. Por otro lado esta tranquilizadora creencia, que los contactos del cuadrante frontal inferior son inofensivos, es una ventaja para el caza que tiene una cantidad considerable de energía, requisito indispensable para poder realizar un ataque frontal en trepada.


Los pilotos temen más a una formación que a un solo enemigo.

A pocos pilotos les entusiasma estar en inferioridad numérica. Mientras solo un caza con gran exceso de energía puede hacer estragos en una formación relativamente inflexible, al menos momentáneamente, se requiere un piloto de gran capacidad o muy temerario para aceptar un combate de uno contra muchos. Dicho esto, pertenecer a una formación no es de ninguna manera una garantía de supervivencia (para los integrantes) independientemente de las dificultades. Además, el tipo de aviones involucrados determinan la moral relativa – la situación en la que sueña cualquier piloto de combate es encontrarse con una formación masiva de bombarderos, sin escolta. “¡Todos estos blancos! ¡Sólo para mi!”


Un piloto atacado por un enemigo al que no ha visto pierde enseguida la calma.

La primera reacción cuando te disparan, es entrar en pánico. Este pánico, esta sorpresa, provoca una pérdida inmediata de confianza – “¿cómo he podido no verlo?”,”¿de donde rayos habrá salido?” – y crea, sea o no así, un aura de imbatibilidad y superioridad intocable en el enemigo. Si la embestida no es mortal, el piloto atacado debe luchar no solo para salir de una situación comprometida sino también para recuperar una apariencia de confianza en uno mismo. Sobrevivir al envite puede convertirse en el revulsivo requerido, y al mismo tiempo puede que no. En cualquier caso, el piloto defensor tiene por delante una penosa lucha, y, si sigue siendo atacado sin ver a su asaltante, su moral caerá en picado al fondo rocoso antes incluso que su triste cacharro impacte en el suelo.


Los pilotos que son superados o entran en pérdida con frecuencia pierden la fe es sus propias posibilidades y en su aparato.

Descubrir que no dominas la situación es un descubrimiento increíblemente desmoralizador. ¿Es el avión el que te está fallando, o el piloto el que maneja mal el avión? La mayor parte de las veces la culpa es del piloto, aunque el piloto prefiere echar la culpa al avión. Maldice y suda, echando pestes de su máquina y usando todo su repertorio de lenguaje soez mientras lucha por recuperar su voluntad vacilante. Fracasos repetidos en aproximaciones al enemigo, el tiro que nunca mejora, pérdida de energía y enemigos aparentemente intocables, todo contribuye a mermar la moral del piloto y convierte sus movimientos en chapuceros, torpes y poco finos. Un piloto que ignora sus propios limites y los de su avión llama la atención en el aire y es un blanco fácil para el ojo avizor.


El piloto que toca primero, independientemente del daño infringido, establece una superioridad moral.

Ser alcanzado y no saber si los impactos han sido críticos o no, especialmente en un combate de giro en el que tenías especial certeza de no llegar a ser alcanzado, es definitivamente desquiciante. Mientras que el alcance de los impactos probablemente no haya limitado tu maniobrabilidad – a no ser que persistan los impactos o su origen sea evidente – inclina no obstante el “moralímetro” a favor del enemigo. Tiene la audacia y habilidad necesarias para haberte alcanzado, ¡a ti! Y aquí te encuentras, ¡intentando mantener contacto visual! Si los disparos te alcanzan de lleno y tu aparato pierde rendimiento, tu moral seguramente registrará un nuevo mínimo. En este punto muchos pilotos simplemente se rinden. Otros aprietan los dientes y se adaptan, jurando por lo más sagrado, y por lo que no lo es, ¡que no sucumbirán! El tirador, por otro lado, se puede relajar un tanto al ver que ha conseguido dañar ligera o severamente al enemigo. ¡Nunca bajes la guardia! El espectáculo no termina hasta que sale a cantar la mujer gorda.


Perder contacto visual con el enemigo es desmoralizante.

Cuando te encuentras metido en un combate especialmente complicado que exige mantener contacto visual con uno o varios enemigos al mismo tiempo, que te obliga a estar alabeando, picando, trepando para evitar ráfagas letales, si pierdes de vista a aquel que sabes a muy corta distancia en tu cuadrante dorsal, te desmoralizarás rápidamente, hasta el punto de entrar en pánico. Ahora lo ves, ahora no. Ahora oyes sus disparos impactar. ¡Dónde está!¡Alabeas, subes, picas!¡Ahí está!¡Alabeas nuevamente, rompes!¡Dónde está!¡No puedo verlo!¡¡Dónde está!! Naturalmente, el pánico y la incapacidad de ver al enemigo afecta a tu capacidad de maniobrar apropiadamente en contra suya – y pronto te vas a encontrar sentado en una carraca que cae ardiendo en picado – salvo que inmediatamente consigas maniobrar de la forma más favorable para recuperar visualmente su posición. En el siguiente relato, la moral interviene de forma decisiva en el combate:

Voy rastreando el cielo desde el sudeste hacia el este y acabo cerca de Echternach donde vislumbro dos 109 ascendiendo en línea recta hacia el frente. Puedo estar a unos 2 Km. de distancia. ¡Maldita sea!, mi ataque es deslavazado por falta de trimado y una torpe aproximación. Paso como un rayo junto al sin duda sorprendido contacto de atrás a mucha distancia, sin haber siquiera disparado. Bandeo un poco y me dirijo hacia el líder que se encuentra unos 2.000 m. por delante. No me preocupa el tío que dejo detrás pero creo que avisará a su amigo. Ciertamente, en el último momento realiza una maniobra defensiva desesperada. Paso raudo y veloz, sin haber disparado todavía, y prolongo hacia el sudeste. Mal rollo. Me doy una torta. Echo una mirada hacia atrás y los veo a los dos a mi caza. No me sorprende nada.

Pierdo algo de altitud para aumentar la separación a mi tanto como sea posible y los conduzco al sudeste. Se mantiene una separación de 2.000 m. Cuando el líder se encuentra en rango de tiro, ejecuto unas tijeras en espiral poco acertadas, pierdo contacto visual y vuelo incoordinadamente un par de giros esforzándome por recuperar el contacto visual. ¡Tío, doy pena! Sin embargo, ellos dan más pena aún – el punto se las apaña para perderme, dejándome sólo con el líder. Lo llevo a una serie de sencillos giros anticipados, advirtiendo que no parece avergonzado de aceptar el combate a pesar de perder su ventaja inicial. Unos cuantos 7,62 me salpican el empenaje en un giro anticipado ejecutado a destiempo pero no pierdo la calma. Desde este instante el combate es mío. Voy anticipándome y enfilándolo, dejando que entre completamente en estado de pánico. Intenta prolongar todavía en rango de tiro de ametralladoras pero no de cañón. Maniobra pesadamente mientras le incito a esquivarme, presentando varias oportunidades claras de tiro. Inserto varios 20 mm. a mitad de fuselaje y continúo fumigándolo con las de juguete. Puedo percibir como se reduce acusadamente su rendimiento, y lo someto a una serie de yo-yós altos. Se encuentra ya sin opciones, girando a la desesperada para salvar la vida. Se ve venir, así que observo como entra en pérdida en un giro a izquierdas a baja cota, decorando el paisaje con una bonita columna de humo aceitoso. Bajo las RPM, corto gas y me arrimo al suelo en dirección a Metz, contento de no haberla liado del todo.

WWII Online, 30 de Diciembre de 2003


Perder al punto u otros miembros de la formación es desmoralizante.

La pérdida de tu punto o de un componente de la formación es un mazazo personal. Reduce tu número y crea una sensación de desesperanza, si bien momentánea. Te obliga a plantear si de alguna forma tuviste parte de culpa en la pérdida: ¿fallaste en no advertir la amenaza?; ¿podías haber maniobrado para ayudar?; ¿las instrucciones que diste al piloto derribado fueron deficientes en algún sentido? Y el asaltante – ¿tiene posibilidad de crear más pérdidas? ¿Tendréis posibilidad ni siquiera de regresar a base, o vais a morir todos miserablemente adentrados en territorio enemigo? ¡Sucumbir a tales pensamientos en la carlinga es devastador! ¡Ignora la pérdida y sigue luchando!


Ser derribado repetidamente sobre tu propio aeródromo es desmoralizador.

Tu propia base debería ser un refugio seguro, ¿no? Qué audacia por parte del enemigo de merodear en los alrededores y derribar innumerables compañeros poco después del despegue - ¡algunos incluso antes de haber levantado completamente el tren de aterrizaje! Por supuesto te das cuenta de la amenaza, al menos después de haber sido ya derribado dos veces, y ansías vengar a tus camaradas. Mientras vas penosamente ganando altitud, disparando con frustración a un enemigo que desaparece rápidamente, ¡eres arroyado por otro más que entra como un rayo a tus seis! Cuando te haya pasado unas cuantas veces estarás a punto de dejarlo a causa de tu propia incapacidad. Evita estas muertes a toda costa, e intenta poner al enemigo en esta situación con tanta frecuencia como sea posible.


Es desmoralizante que un enemigo te persiga, teniendo claras oportunidades de tiro y siga esperando una oportunidad de tiro REALMENTE buena.

Verse incapaz de superar tácticamente a un enemigo es desmoralizador pero no siempre directamente letal. No poder quitarte de encima a un enemigo a tus seis, sin embargo, es otra cosa. A cada movimiento tuyo, responde con otro. Cualquier cosa que intentas, te ves superado. Ni siquiera las tijeras funcionan. Se anticipa a cada movimiento tuyo y no se deja engañar por intentos desesperados tales como cortar el gas o sacar las tablas (los flaps). Simplemente no dejará que te escapes. Sin embargo, no dispara. Lo has estado esquivando ya unos buenos cinco minutos, ¿y todavía está esperando disparar? ¿Se encuentra sin munición? ¿Porqué si no te sigue así? ¿Esta tratando que te estrelles contra el suelo?, ¿o hacer que te quedes sin combustible? Sigue acercándose. Puedes distinguir las aspas de la hélice, la sonrisa diabólica debajo de esas gafas inexpresivas… AHORA dispara, ¡cuando no puede fallar! Te echas a un lado, derrapas, alabeas como loco. Aun así no te suelta. Giras como un salvaje e iguala cada maniobra – ¡sin desperdiciar ni una sola bala! ¡Balas es lo que tú estás sudando! Eres consciente que en el momento en que te caigas, el momento en que flaquees, el momento en el que te vuelvas predecible, será el fin.

La próxima vez que vueles, sabes que el “castigador” está en algún lugar ahí fuera. Esperas no volver a encontrarte con él.


Es desmoralizante perder altitud y posición a cambio de nada.

En ruta a tu objetivo primario eres atacado desde arriba por el enemigo. Te ves forzado a defenderte lo cual te desvía de la misión. Al tiempo que te mantienes vivo gracias a tu destreza, el enemigo te impide igualar la disparidad de energía y te va alejando más y más de completar la misión. Por fin consigues deshacerte de él, pero te encuentras muy por debajo del nivel de energía general de la zona y por otro lado has malgastado una parte del preciado combustible. Sabes que si sigues adelante hacia el objetivo te vas a enfrentar a un grupo numeroso de enemigos que gozan de una ventaja sustancial de energía. Así que coges de nuevo altitud, solo para ser de nuevo desviado por el enemigo. Desanimado y disgustado, interrumpes la misión y regresas a base con el combustible justo. La fuerza enemiga como un todo adquiere un aura de aparente superioridad, provocando que la consideres con creciente respeto. La mejor opción es claramente invertir más tiempo en coger altitud y reunir una fuerza mayor para tratar con ellos, aspectos ambos tediosos y relacionados con hacer un esfuerzo.


NO TODO ES LO QUE PARECE

El arte de la guerra se basa en el engaño

Sun Tzu, El Arte de la Guerra


En el combate individual, los factores psicológicos y morales son los más importantes. Considera por ejemplo la situación en la que abandonas una zona infectada de enemigos con uno de ellos a tus seis atrás: aparentemente, estás huyendo del sitio y por tanto, el perseguidor, percibiendo tu miedo, tiene una sensación de superioridad. Después de todo se encuentra situado a tus seis, en una potencial posición de disparo, ¿no? Tiene asimismo un ritmo bueno de acercamiento, casi puedes oírlo como se relame, como comunica alegremente a sus “compis” que se encuentra en persecución de un pobre fornicador al que espera cargarse en breve. Su moral es tan buena, su superioridad tan evidente, que no piensa que nada pueda afectarle. Pues bien, le espera una sorpresa desagradable. Pues aunque inicialmente saliste de escena de forma un poco apresurada y una conciencia situacional reducida, has tenido tiempo suficiente de evaluar la situación: la nube de enemigos se encuentra ahora alejada, todavía girando y revoloteando sin representar la más mínima amenaza a no ser que el perseguidor pida ayuda – lo cual parece improbable, después de todo él es el que manda y no le gusta compartir sus derribos - te vas adentrando profundamente en territorio enemigo lejos de posibles corredores aéreos y el perseguidor se acerca solo lentamente. Dándote tiempo para pensar tu próxima maniobra. Estás tranquilo, en calma. Has prolongado desde la zona de combate en línea más o menos recta, bandeando de vez en cuando para comprobar la situación de tu perseguidor, sopesando su progreso. Esto induce al enemigo a pensar que puede llegar a una posición cómoda de tiro mientras que permaneces estático como en el tiro al pato - ¡no! Cuando está a punto de entrar en rango de tiro, realizas una violenta espiral oblicua o cualquier otra forma creativa de transición al ataque, imposibilitando el tiro del enemigo y colocándote en su cola en una sola maniobra. Este desventurado bastardo te lo pone aún más fácil al dirigir hacia ti su vector de sustentación, gastando energía a montones sin ganancia aparente. Ahora te encuentras a sus seis, se han vuelto las tornas. El enemigo, molesto al principio, su moral se cae por los suelos – entra en pánico. El que era un blanco fácil se ha convertido en la peor de sus pesadillas, ¡tiene que escapar! ¡Escapar! Qué lastima que se ha quedado sin energía, y te encuentras a sus seis. Percibiendo el desastre, el enemigo intenta alejarse con un giro flojo, en dirección a casa, picando desesperadamente para ganar velocidad. Una lástima que el suelo se encuentre tan cerca. Confía en su aceleración, pero no hay avión que pueda salir de rango de tiro tan rápido. Un granizo abrasador lo envuelve, provocando pérdidas de aceite y lubricante, perforando el tanque de combustible, hiriendo su avión. Serpentea y se contonea, en vano, quedando esparcido en el suelo. “¡Pero si estaba a sus seis! ¡Cómo narices ha hecho eso!

Juega con el enemigo. Atráelo hacia ti. Dale falsas esperanzas y entonces muéstrale la realidad, cuando no tenga posibilidad de redimirse. Trucos de artificio.