Chile y Latinoamérica en el siglo XX/Nuestra inferioridad económica, según Francisco Antonio Encina

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En el presente ensayo se tratará de exponer el tema nuestra inferioridad según el historiador Francisco Antonio Encina. “Nuestra Inferioridad económica” pretende explicar de dónde proviene la inferioridad económica que presenta el país al comenzar el siglo XX, para dar cuenta que desde antes ha existido una diferencia significativa entre sociedades; la cual conlleva al respeto y la humillación. El problema a plantear será entonces saber cómo se origina dicha inferioridad. Para desarrollar este tema y con el fin de que sea bien entendido, plantearemos 4 ideas centrales. Primero hablaremos de los fundamentos de la sociedad, en segundo lugar a la población y sus clases sociales, como tercer elemento tendremos el carácter aristocrático de la organización social chilena y por último la democracia política y democracia social.

Con respecto a la primera idea podemos señalar, como nos indica el autor, que al terminar el siglo XVIII la sociedad chilena tenía como base dos grandes principios místicos: el dogma de la majestad real y el dogma de la majestad divina, es decir, un respeto incondicional a la corona, que era el símbolo supremo del espíritu español, y una veneración absoluta a los principios de la iglesia. Por ejemplo, en esa época no era permitido el culto a otra religión que no fuera la cristiana; y en símbolo de respeto a la corona, se pagaban importantes tributos al rey. Mas ambos dogmas ya habían perdido su sólida consistencia moral: el real, debido a ciertas medidas que lastimaron la conciencia de la clase social de mayor autoridad, por ejemplo, la expulsión de la compañía de Jesús y el término del régimen de las encomiendas.

Según Encina la iglesia desde la expulsión de la compañía de Jesús,no quiso rebelarse, pero si tener una independencia moral para apreciar los actos de la vida desde un punto de vista más bien psicológico. Sin embargo, todavía la iglesia le daba todo su apoyo y leal confianza al dogma de la majestad real, del cual continuaba recibiendo no pocos beneficios. Tal era el fondo moral al iniciarse el siglo XIX según nos narra el autor.

En relación a la segunda idea la población del país, ya organizado administrativamente, no alcanzaba, seguramente, a más de un millón de habitantes; sin contar a los araucanos que se calculaba serían alrededor de unos cien mil. El autor nos dice que en general la población chilena era pobre en comparación con la de los grandes virreinatos. Alrededor de las tres cuartas partes se constituían por el mestizaje español indígena. Llevaban una vida ruda y triste sin futuro alguno, bien podía considerárseles como los siervos de la tierra. Por ejemplo, eran el elemento de explotación de los campos de cultivo, eran el músculo en el trabajo de las minas, por lo que se les consideraba el “fuerte de la servidumbre rural”.

Los criollos, en cambio, estaban sobre esta sábana social. Constituían el elemento base de la civilización europea, eran los fieles descendientes de los españoles, a pesar de que algunas veces su sangre se encontraba mezclada. Por ejemplo, poseían tierra de cultivo, minas, pequeñas industrias y servían como docentes de establecimientos de enseñanza como la Universidad de San Felipe. Según Francisco era la élite intelectual, por mísera que fuera.

Por otro lado Encina nos narra que los españoles eran alrededor de veinte mil; pero era la clase social predominante. De su sangre había surgido el criollo, el cual heredó sus tierras, fortuna y rango. Sin embargo, los españoles fundadores fueron extinguiéndose, y una casta oficial de escasas raíces en el país, reemplazó a la de los conquistadores. Este era un grupo privilegiado; toda actividad administrativa de importancia remunerada, le pertenecía, según nos narra el historiador. Por ejemplo, el gobierno, la alta jerarquía administrativa y la justicia de segunda instancia; entre otras. Además estaba poseído por el orgullo de su origen, hecho que no dejaba de lastimar a los criollos. El autor nos dice que no eran ni más ni menos que éstos, y tal vez más, porque mientras los primeros no amaban al país por lo general los segundos lo contemplaban con ojos de enamorados: su cielo, sus montañas, ríos y lagos. Y en su interior pensaban por qué no hacer grande esta patria, por qué no poder dirigirla nosotros este fue el primer razonamiento psicológico del criollo con el español, según el autor.

Después de estos estratos sociales, los que sigue son bastantes inferiores, por ejemplo, esclavos africanos, mestizos, indígenas, los zambos y mulatos; los que por suerte no alcanzaban a veinte mil. Según Encina, en ese entonces el porcentaje de extranjeros era muy bajo,el censo de 1808 arrojó algunos centenares. Por lo tanto, las uniones matrimoniales se hacían en cada grupo, por ejemplo, el criollo llega a constituir una casta de trascendente importancia para la vida del país, que le dará a la nación un sello propio. Pero le dará al país una cierta inferioridad racial, que se verá reflejada principalmente en las mujeres que cansadas del mismo tipo de hombre, enaltecerán al extranjero e idealizará un tipo de amor. El autor nos dice que el mestizo, en cambio, se pierde en él mismo. De siervo se convierte a inquilino: se hace obrero, artesano, trabajador manual: la miseria es él.

Tomando en cuenta la tercera idea podríamos señalar que según el historiador, la jerarquía fue la característica dominante de la organización social chilena durante el siglo XIX; aspecto que venía arrastrándose desde un siglo y medio atrás. El criollo, heredero de los vicios encomenderos, poseía todo el suelo agrícola del país, y se encontraba dominado por las tradiciones militares que sus antepasados en la Guerra de Arauco le habían legado; o bien, por las preocupaciones de la estirpe; por lo cual necesitaba consolidar su situación con un provechoso matrimonio. Diez títulos de castilla exhibía la sociedad, lo cual quiere decir que todos ellos, o casi todos, estaban vinculados a mayorazgos en grandes latifundios, además de las tierras simplemente vinculadas.

El autor relata que el criollo era sobrio y tenaz: escaso de imaginación, porque antes que nada era positivo y práctico. Había llegado a convencerse de que la tierra no era generosa si su esfuerzo era bajo. Con un sentido muy desarrollado de honor, fiel su palabra y consecuente con sus ideas, el único cargo que puede hacérsele a este tipo de la vida social chilena es su egoísmo. Sin embargo, este egoísmo nace de su fuerte individualidad. Sería una injusticia condenarlo por no haber tenido sentido de solidaridad social con las clases inferiores, porque éste es un concepto de la evolución de las ideas de nuestro tiempo. Le bastaba cumplir con las indicaciones de la iglesia, en cuanto al sentimiento de caridad, que a veces extremaba y en otras parecía ignorar o interpretar a su favor. Era una elemento de orden y de colaboración en el gobierno, siempre que éste estuvo dispuesto a respetarlo y ayudarlo en todo sentido; fue su mejor y más decidido sostenedor. Mas cuando el gobierno contrariaba sus aspiraciones o hería sus creencias religiosas o aristocráticas, el espíritu guerrero aparecía poderosamente en él. Desde 1850 hasta 1891 salvo algunos cortos períodos, este espíritu estuvo siempre en acción. Desde 1891 hasta 1900 está en paz, porque el gobierno es aceptado por los criollos.

Encina nos dice que antes, en el período de formación de una república, cuando se dan los primeros pasos, asoma también este espíritu. Por ejemplo, odia y vence a Martínez de Rozas, por su carácter prepotente y audaz, termina con su carrera, la que pertenecía a un círculo, pero que no lo acepta por su personalismo; ayuda a la caída de O´Higgins por sus tendencias dictoriales entre otros. En esta aristocracia, en permanente “espíritu guerrero”, la que, destruye, en el tiempo el llamado orden Portaliano. Cada vez que no es gobierno o no lo influye.

Según nos narra Francisco Antonio Encina “Había aprendido a mandar y a dominar en la escuela de la hacienda. Poseía el don de tratar al pueblo, satisfaciendo algunos pequeños anhelos que no le producían daño a su situación social y de poder. Explotando sus propiedades en forma rudimentaria y de cuerdo con el sistema natural, aceptaba los progresos de la técnica y de las instituciones con cierta resistencia, pues desconfiaba de toda innovación brusca y precipitada. En sus ideas religiosas no era ni beato ni fanático, pero apoyaba ampliamente a la iglesia, que consideraba como una institución creada para conservar, el campo y al pueblo en general en su mansedumbre y obediencia. Aun cuando era ateo o liberal avanzado, mantenía esta misma actitud frente a la iglesia.”

Según la cuarta idea, podríamos decir que la vida del campesino mejoró lentamente en el correr del siglo XIX. Era la consecuencia del progreso económico del país. La minería, con el aliento de chañarcillo, la descubridora y tres puntas, levantó la producción general; para la agricultura se habían abierto también nuevos mercados en el exterior. Además la gran hacienda comenzó a dividirse.Éste fue un proceso largo, puede decirse que culminó en las leyes de ex vinculación de los mayorazgos de los años de 1852 y 1857. Al producirse la ex vinculación, la vieja aristocracia colonial perdió una parte considerable de su importancia social, y las propiedades, las grandes haciendas, fueron subdividiéndose paulatinamente. A consecuencia de ello mejoraron los salarios. Pero el inquilino siguió viviendo como en los días del coloniaje. Sólo ya muy entrado el siglo XIX se introdujo la reforma de dar a los trabajadores de la ciudad y a los del campo un plato de frijoles o porotos para su almuerzo. La carne no se usaba como alimento fuera de la época de la matanza, ni por los mismos hacendados; durante dos o tres días, como nos narra el autor. Tampoco habían cambiado las condiciones espirituales e intelectuales de los inquilinos: en la haciendas, por excepción, encontrábase una escuela primaria. Esta instrucción la daba el cura del latifundio.

En conclusión podemos señalar la inferioridad económica que presenta el país al comenzar el siglo XX se debe a la falta de participación y las distintas diferencias económicas de los diferentes actores de la sociedad como lo son los criollos o los negros, por ejemplo. Los distintos tipos de sociedades se relacionaban entre sí con una lejanía que llamaba la atención y que al correr el siglo XIX y al comenzar el XX se demuestra con hechos concretos como, por ejemplo, la relación entre el inquilino y la clase burguesa pero que más adelante tendrá una cambio brusco de papeles.