Historia contemporánea de España/La guerra civil española/El final del segundo bienio

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El fracaso de la insurrección brindó a Gil Robles una gran oportunidad para establecer un régimen autoritario. Si no lo hizo fue en parte porque su adhesión a los cauces legales era más sincera de lo que la izquierda sospechaba, en parte porque carecía de mayoría parlamentaria propia y en parte porque los mandos del Ejército eran mayoritariamente contrarios a una ruptura de la legalidad.

En 1935 se entró en una etapa de plena contrarreforma social. A pesar de la recuperación industrial, el nivel de desempleo aumentó y entre los parados se encontraban miles de despedidos por su participación en las huelgas. CQC y OGT se encontraban muy debilitadas y la segunda cesó de participar en los jurados mixtos.

La ley de reforma agraria fue modificada hasta el extremo de anular su efectividad y muchos terratenientes aprovecharon las circunstancias para expulsar a los arrendatarios y modificar a la baja los salarios.

La gran preocupación de Alcalá Zamora era la orientación excesivamente derechista de había tomado el gobierno, que trató de remediar mediante el sistemático uso de los poderes presidenciales en contra de los dos partidos que tenían mayor representación parlamentaria.

A finales de 1935 dos escándalos sucesivos de corrupción afectaron muy negativamente al crédito del Partido Radical, que entró en un rápido proceso de descomposición.

Alcalá Zamora, que no estaba dispuesto a entregar a Gil Robles la presidencia del Gobierno, intentó entonces una difícil maniobra: la creación desde el poder de una gran fuerza política de centro. Recurrió para ello a Manuel Portela Valladares, quien formó en diciembre un gobierno en el que tan sólo estaban representados algunos pequeños partidos de centro.