Manual del escritor/Radio/La locución
Como observamos, las locuciones tienen en común con los refranes y las frases proverbiales el hecho de pertenecer al lenguaje literal no literario, es decir, en todos los casos se trata de entidades lingüísticas ya acuñadas, que los hablantes aprendemos y reproducimos tal cual, sin que hayamos intervenido en su creación y sin que las modifiquemos. Ahora bien, cada una de ellas posee características y funciones distintas que estudiaremos a continuación.
El lingüista Eugenio Coseriu (1977: 115-116) establece tres tipos distintos de unidades del «discurso repetido»:
- Equivalentes a oraciones (proverbios, refranes, etc.). Sólo se conmutan con otras oraciones o con textos enteros. Los refranes son una forma de literatura popular española, de cuyo estudio se ocuparán debidamente las ciencias literarias, la filología y la paremiología; la lingüística solo sería una ciencia instrumental o auxiliar; por ejemplo: No es oro todo lo que reluce = las apariencias engañan.
- Equivalentes a sintagmas. Son combinables dentro de la oración y son conmutables con sintagmas; por ejemplo: Oler a puchero enfermo = ser sospechoso.
- 'Equivalentes a palabras. 'También son unidades combinables en la oración, pero se conmutarían con palabras simples y que se interpretan en el nivel léxico propiamente dicho; por ejemplo: Darse humos = presumir.
Las denominaciones que han recibido a lo largo de la historia y reciben en la actualidad cada una de estas unidades son muy variadas. Así, en el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española son muy confusas e, incluso, se solapan las definiciones de refrán, adagio, proverbio, aforismo y máxima.
Delimitar cada una de estas unidades lingüísticas y establecer sus características se hace fundamental. A continuación, realizaremos un breve repaso de la concepción de la UF de la que nos ocuparemos en el presente trabajo, a saber, la locución, por distintos lingüistas desde mediados del siglo xx hasta la actualidad.
En nuestra opinión aún tiene total validez la mencionada definición de locución por Julio Casares (1950), como la «combinación estable de dos o más términos, que funciona como elemento oracional y cuyo sentido unitario no se justifica, sin más, como una suma del significado normal de los componentes».
Las locuciones constituyen unidades que no se obtienen por la suma coherente de sus componentes. Contrariamente, constituyen sinónimos expresivos o plásticos (de gran valor estilístico a veces), de palabras que indican la misma idea, pero de un modo más abstracto o descolorido. Se usan sobre todo en modalidades y variedades diafásicas del lenguaje más creadoras, como el habla de la mujer, y con más voluntad estética, propia del lenguaje popular y literario.
Entre el campo de las locuciones y los refranes queda una zona amplia de límites borrosos, llena de fórmulas pluriverbales que los diccionarios llaman «expresiones», «giros», «frases hechas» o «frases proverbiales». Julio Casares preferiblemente se quedará con «frase proverbial».
La dificultad para establecer la diferencia entre locución, frase proverbial y refrán tiene una explicación histórica; muchas de las locuciones que hoy se usan en lenguaje familiar son fragmentos que se han salvado de antiguas frases proverbiales; así, cuando decimos «ni pincha, ni corta», son pocos los que saben que esta característica se atribuye a la «espada de Bernardo».
Para Julio Casares (1950: 190), la frase proverbial es una entidad léxica autónoma que, a diferencia de la locución, no funcionaría como elemento oracional. Camilo José Cela (1991: 17) define la frase proverbial como «la combinación estable de, al menos, dos términos que no pueden funcionar como categoría».
Antonia María Tristá, (1979-1980), quien suscribe la clasificación de Julio Casares en locuciones, frases proverbiales y refranes, establece dos tipos de locuciones, desde su estructura interna: las que tienen un indicador mínimo o identificador que delata la naturaleza de unidad fraseológica y las que no. Entre las primeras, el indicador fraseológico sería semántico, como la imagen incongruente de jarabe de palo, o la presencia de un término en desuso fuera de la unidad fraseológica, como, por ejemplo, hacer el paripé.
Gloria Corpas (1996: 113) afirma que las locuciones son las únicas UF que se oponen, en calidad de unidades del sistema, a otras unidades de la lengua; pertenecen a estructuras paradigmáticas específicas, es decir, a campos léxicos determinados, donde entran en oposición no solo con otras UF, sino también con otras palabras pertenecientes a ese mismo campo léxico, con las cuales presentan relaciones de sinonimia, antonimia y polisemia; por ejemplo: Armar/ liar / montar un zurriburri.
Leonor Ruiz Gurillo (2001: 16-19), haciendo una síntesis de las aportaciones de los distintos lingüistas, establece los dos rasgos fundamentales de las locuciones en fijación e idiomaticidad. En cuanto a la fijación, afirma que las locuciones son sintagmas fijos, pues no permiten la modificación, la sustitución o la adición de complementos o cualquier otra alteración de la estructura. En ciertos casos contienen además expresiones con anomalías estructurales o con elementos únicos (llamados diacríticos por Alberto Zuluaga, pues permiten distinguir la locución de otros sintagmas) que actúan como índice de fijación; por ejemplo: a troche y moche, ni fu ni fa, por fas o por nefas, a la bartola.
Respecto a la idiomaticidad, consiste en que las palabras de la locución no significan lo mismo de forma aislada y la interpretación literal es imposible, hay que imaginar el sentido figurado. Uno es un sintagma fijo y el otro libre; por ejemplo: partir el bacalao (locución verbal con el significado de «mandar o disponer de algo») / partir el besugo (combinación libre con el significado de «dividir el pescado en trozos»). Ahora bien, estos dos rasgos, fijación e idiomaticidad no tienen el mismo grado de importancia. Toda locución es en primer lugar un sintagma fijo y, en ocasiones, la fijación viene acompañada de idiomaticidad, y ambas se complementan. El caso más claro es el de las locuciones con anomalías o alguna palabra diacrítica, pero, según Leonor Ruiz Gurillo (2001: 59), solo podemos hablar de locución cuando hay fijación de dos o más palabras, independientemente de que tenga idiomaticidad o sentido figurado.
Clases de locuciones
[editar]Como consecuencia de todo lo anterior, tanto Julio Casares como Alberto Zuluaga, Gloria Corpas y Mario García-Page clasifican en dos grandes grupos las locuciones, aquellas que constituyen lexemas plenos y las que solo son unidades gramaticales. En el primer grupo, al que Julio Casares llama locuciones significantes, estarían las locuciones sustantivas, adjetivas (incluidas las preposicionales), verbales y adverbiales; en el segundo, al que llama conexivas, estarían las preposicionales y las conjuntivas. En lo que no hay coincidencia es en el resto de las locuciones que se salen del esquema anterior y tienen estructura oracional o equivalen a oraciones; así Julio Casares habla de locuciones exclamativas, Gloria Corpas de locuciones clausales, ratificadas por Leonor Ruiz Gurillo (2001), Alberto Zuluaga de locuciones elativas y Mario García Page de locuciones oracionales.
En el presente estudio hemos clasificado las 1329 locuciones registradas de nuestro repertorio en los siguientes tipos, según la función oracional que desempeñan; en un primer grupo, estarían las siguientes:
- Sustantivas (llamadas también nominales por algunos de los estudiosos citados): las que pueden constituir el núcleo de un sintagma nominal. Ejemplo: flor de un día. En este tipo se incluyen las de infinitivo (coser y cantar) y las sustantivadas (el qué dirán). Los patrones sintácticos más productivos: sustantivo + adjetivo (la sopa boba) y sustantivo + preposición + sustantivo (pintor de brocha gorda).
- Adjetivas: las que pueden constituir el núcleo de un sintagma adjetival y, como ellos, desempeñan funciones de atribución y predicación. El esquema sintáctico más habitual es adjetivo/participio + preposición + sustantivo (corto de entendederas) y también adjetivo + y + adjetivo (corriente y moliente). Un subtipo son las comparativas (más feo que Picio) y las constituidas por un sintagma preposicional (de uñas). Están incluidas las que Julio Casares llamaba participiales.
- Verbales: las que pueden constituir el núcleo de un sintagma verbal. Expresan procesos o acciones y forman predicados con complementos o sin ellos. Uno de los esquemas más productivos es verbo + sustantivo en función de complemento directo (tener la negra), verbo + pronombre (cargársela) y también patrones más complejos como verbo copulativo + atributo (ser el pan nuestro de cada día). Abundan las formuladas en negativo (no saber de la misa la media).
- Adverbiales: las que constituirían el núcleo de un sintagma adverbial. Suelen constituirse por un sintagma preposicional (a troncha grano) y a veces por un sintagma nominal (patas arriba).
Todas ellas desempeñarían la misma función que el sintagma equivalente, pero solo desde el punto de vista formal, no desde el punto de vista del significado.
Al segundo grupo de locuciones pertenecen las siguientes, que equivalen a unidades gramaticales cuya función es unir o relacionar palabras u oraciones:
- Preposicionales («prepositivas» para Gloria Corpas, 1996: 105): constituidas por un sintagma preposicional (en vez de).
- Conjuntivas: introducidas por conjunciones. Cumplen la función extraoracional de relacionar oraciones o párrafos; pueden ser coordinantes o subordinantes (por el ansia de).
En el tercer grupo, por último, incluimos bajo el nombre de oracionales todas las locuciones que, además de tener los mismos rasgos fraseológicos de las otras locuciones, a saber, fijación e idiomaticidad, constituyen una oración o equivalen a ella por estar constituidas por un sintagma nominal que funciona de sujeto y uno verbal que funciona de predicado; por tanto, no ser incluirían en los grupos anteriores (costar un ojo de la cara). Excepción a lo anterior son las locuciones impersonales (ser pan comido, llover sobre mojado) y las fórmulas de coloquio que no tienen un verbo expreso (¡Por Dios bendito! ¡Qué narices!), que incluimos en este grupo porque tienen autonomía comunicativa.
Como observamos, este grupo de locuciones oracionales presenta una gran heterogeneidad y hace un poco la función de cajón de sastre. Así un grupo de ellas se caracterizan por ser pronunciadas normalmente con una entonación exclamativa, las llamadas exclamativas de Julio Casares (1950: 182), que son fórmulas del coloquio a las que Mario García-Page (2008: 164) denomina locuciones pragmáticas (¡Qué leche!). La mayoría de estas locuciones, aunque carezcan de verbo, tienen la característica textual y pragmática de constituir unidades de comunicación autónomas.
Gloria Corpas (1996: 109) llama clausales a las locuciones que, aun teniendo sujeto y un predicado, no formarían enunciados por sí solas, porque necesitan actualizar algún elemento en el discurso en el cual se insertan, generalmente un complemento (Hacérsele los dedos huéspedes). Por tanto, en nuestra clasificación las locuciones oracionales se subdividen en exclamativas y clausales.
(21) Eugenio Coseriu (1977: 115-116) aludía a «distinción provisional», pero son minoría los estudiosos que se han ocupado de este tipo de unidades, por el hecho de que estas no se someten a las mismas reglas que el resto de las unidades lingüísticas, sino a las reglas propias del «discurso repetido». volver (22) DLE: Refrán: «dicho agudo y sentencioso de uso común». Adagio: «sentencia breve y, la mayoría de las veces, moral». Proverbio: «sentencia, adagio, refrán». Aforismo: «máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte». Máxima: «sentencia, apotegma o doctrina buena para dirigir las acciones morales». volver (23) Así sucede en la obra Cinco horas con Mario (1977 [1966]), en la que el autor, Miguel Delibes, caracteriza a la protagonista (una mujer madura, de clase media, sin estudios, que se expresa en un monólogo), mediante numerosas UF. volver (24) Hay periodistas o escritores que modifican algún elemento de las locuciones, con fines estilísticos o humorísticos, y hay hablantes que las modifican involuntariamente, por su ignorancia, desconocimiento o falta de dominio de la lengua española; nuestra informante lo hace en algún caso. En el libro No seas pájaro de paragüero, de los hermanos Abadía (2018), los autores han recogido estas alteraciones involuntarias de frases hechas realizadas por hablantes, con un resultado bastante humorístico: irse por los perros de Úbeda, ser más astuta que las gallinas, quedar en agua de borrascas, caer chuzos y punto, ser como enhebrar una aguja en un pajar, no querer ser correctamente político. Nuestra informante también confunde términos y dice que está como una negrera para significar que está esclava y dedicada a la casa familiar, o no dar a pique para indicar que se siente sobrepasada, agotada, hundida. volver (25) Precisamente, la interpretación literal que se hace de algunas locuciones como echar un polvo o comerse el coco, mediante dibujos, convierte en humorístico el libro Con dos huevos, de Héloïse Guerrier y David Sánchez (2014). Algo parecido hace Cristina Núñez Pereira (2022) en su libro con destinatario infantil Las 130 frases hechas más divertidas, cuyas ilustraciones reproducen casi literalmente las frases hechas. volver (26) En este punto suscribimos las aportaciones hechas por Julio Casares (1950), cuya obra es un hito en la fraseología española; cabe mencionar también la importancia del manual de fraseología elaborado por Gloria Corpas (1996).