Historia contemporánea de España/La guerra civil española/Franco, jefe de Estado

De Wikilibros, la colección de libros de texto de contenido libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
El general Francisco Franco en 1940

A diferencia de lo ocurrido en el bando republicano, la dirección militar permitió una eficaz coordinación de esfuerzos, que se centraron en el objetivo de ganar la guerra, mientras que la definición institucional del nuevo estado quedó aplazada.

Al igual que en el bando republicano y como suele ocurrir en todas las guerras civiles, la enfebrecida atmósfera de combate favoreció a las fuerzas más extremistas, en este caso a la Falange, que en un momento en el que el fascismo estaba en auge internacional parecía representar la doctrina política con más futuro.

Desde el inicio de la guerra experimentó un crecimiento rapidísimo, aunque pronto quedo privada de su jefe, José Antonio Primo de Rivera, que fue fusilado por los republicanos en noviembre.

Los generales insurrectos llegaron pronto a la conclusión de que la buena marcha de las operaciones exigía un mando único, para el que hubo casi unanimidad en designar a Franco. Puesto que parecía conveniente que el mando político fuera unido al militar, Franco fue nombrado en octubre jefe del Estado.

Franco había jugado sus bazas con prudencia, sin precipitarse en reclamar el poder, y muy pronto reveló una notable habilidad política, que le permitió permanecer en él durante 40 años. Su elevación había sido favorecida por generales de clara orientación monárquica, pero nadie creía que la restauración tuviera que ser inmediata; lo que favoreció a Franco.

La muerte de José Antonio Primo de Rivera, la inexistencia de ningún otro dirigente con capacidad para ocupar ese lugar y las divisiones entre los falangistas, facilitaron los planes de Franco de erigirse en jefe de la Falange.

Franco unificó todas las fuerzas políticas que apoyaban el alzamiento en un partido único, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, en el que el elemento falangista predominó desde el principio a los tradicionalistas. Ello dio un tono fascista al régimen, pero el nuevo partido nunca tuvo independencia alguna, sino que estuvo plenamente sometido a Franco.

Por otro lado, Franco tuvo un tercer apoyo importante: la fervorosa adhesión de la mayor parte de los católicos españoles al alzamiento. La tradicional identificación de la Iglesia española con las derechas y el anticlericalismo de las izquierdas hacían previsible esa adhesión pero la persecución religiosa que se desencadenó en el territorio leal a la República le dio una intensidad mucho mayor. Pronto la guerra empezó a ser considerada una cruzada.