Sociedad del conocimiento y grupos humanos en red

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Sociedad del conocimiento y grupos humanos en red

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Carlos Moreno Rodríguez, Neurostar (c) 2004 carlos.moreno@hispalinux.es

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Proyecto original de: Carlos Moreno Rodríguez, Neurostar (c) 2004 carlos.moreno@hispalinux.es

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Tabla de contenidos

[editar] Prolegómenos

La expresión sociedad del conocimiento es un binomio lingüístico que supone una bomba intelectiva. Se trata de una mercancía peligrosa de transportar para cualquier disciplina científica, porque un error en su apreciación, puede conducirla al descrédito -bienintencionado o malicioso- ante la comunidad. Dicha expresión es explosiva, pues ha saltado a los medios de comunicación, a la propaganda, a la economía, al mundo empresarial y a la cotidianeidad social de una forma, aparentemente, poderosa y sorprendente. Se apropia de no pocas sinergias de desarrollo estratégico (o consideradas como tales) y, cualquier política actual, apostilla “el fomento de la sociedad del conocimiento” con el fin de no ser tildada de regresiva. Y ésto, con independencia de su aplicación real.


Por otro lado, la expresión sociedad del conocimiento es implosiva -hacia dentro-, que nos hace pensar en lo que se quiere decir y, si hay algo de cierto en todo ello. Nos referimos al sustrato epistemológico de la expresión, a su estudio sistemático y científico; y no a la mera especulación interesada. A fin de elucidar esta cuestión, abordamos el presente capítulo con el objetivo de aproximarnos significativamente a los referentes factuales y conceptuales de la sociedad del conocimiento. Ello propone dos cuestiones capitales problematizadas ya en origen, a saber:


- El problema del conocimiento.

- El problema de la sociedad.


La sustantivación de “problema” viene determinada por la necesidad de resolver coherente y justificadamente la ambigüedad genérica que se produce al emplear el neologismo sociedad del conocimiento. En cierto modo, siempre han existido sociedades y culturas; y también desde tiempos inmemoriales han existido conocimientos que se aplicaron, se aplican y se aplicarán. Aun reconociendo la amplia variabilidad de las sociedades que ha dado la historia en su devenir y de los distintos conjuntos cognoscitivos que se han utilizado aquí o acullá, lo constatable es que hay hechos sociales y hechos de conocimiento.



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Decimos problema porque no hay una respuesta fácil al asunto del conocimiento si no queremos caer en reduccionismos absurdos o posiciones simplistas. Muchos filósofos, científicos e incluso legos, son los que se han acercado a sus puertas para intentar abrirlas públicamente. Pocos son -parafraseando al evangelista Mateo- los que logran traspasar el umbral. Acudimos, así pues, con humildad y provistos con buenas dosis de paciencia; porque lo que no se ha solucionado consensuadamente hasta ahora, no lo vamos a hacer en un santiamén. Reconocemos, por ende, una gran dificultad para discernir -a los ojos de todos- qué es o no conocimiento, cómo se adquiere, de sus propiedades distintivas y de sus aplicaciones prácticas. No está de más incluir las inferencias éticas y conductuales a la hora de usar el conocimiento, en el sentido de preguntarnos a quién beneficia y a quién perjudica (de hacerlo en algún sentido, claro está) o de si el comportamiento humano, por ejemplo, se ajusta a lo que dice el hecho de conocer algo.


La primera cuestión que vamos a dilucidar es si se puede hablar de conocimiento solamente o si, por el contrario, es mejor para nuestros propósitos, hacerlo en plural: conocimientos. En principio, considerar la pluralidad, aunque nos genera mayor complejidad numérica, siempre será más versátil y flexible:


El monismo es inaceptable, tanto en ciencia como en política. Hay muchas maneras posibles de enfocar la realidad física y social, y no sólo una. La noción de verdad total o de justicia total sólo conducen a la paralización de la empresa científica y a la dictadura del partido único. Por eso somos pluralistas.[1]


Partimos de la idea de que no hay un conocimiento unívoco, más que como un constructo referencial y muy generalista. Lo que existe es una diversidad cognoscitiva de diferente grado, nivel y relatividad. Baste pensar en la certeza de un refrán -contextual a todas luces- y en la contenida en las Leyes de la Gravitación Universal enunciadas por Newton. Son distintos niveles de análisis de la realidad y, su misma pretensión, es diferencial: la una se puede considerar coloquial y, la otra, científica:


Lo que hay es una proteica realidad, la realidad social, dotada con un millar de rostros relativamente autónomos (...), que demanda pluralismo cognitivo, y a la que por tanto hay que ir provistos de una pluralidad de teorías y métodos que respeten su complejidad y que puedan dar cuenta de ella sin mutilarla en exceso.[2]


La amplitud de los hechos que podemos refrendar como conocimientos, nos hacen caer en la cuenta de los usos lingüísticos que se pueden manejar en mundos posibles a nivel intelectual. Wittgenstein ya nos advertía de lo primero en sus póstumas Investigaciones Filosóficas y, de lo segundo, en su legendario Tractatus: “El mundo es todo lo que es el caso.”


[editar] Mundos posibles

Supongamos por un momento que asistimos a la representación de una obra en un teatro. Cada asistente ocupará un asiento geográficamente distinto, el ánimo de cada persona, al ver la representación, también es diferente. Según la perspectiva, a la salida, los asistentes tendrán opiniones variadas sobre lo que en el escenario ocurrió y lo que en su interior se reflejó. Sin embargo, la representación de la obra fue, para todos, idéntica.


Es factible que la realidad sea una pero que, como en la obra de teatro, ésta nos haga sentir diferentes cosas y la interpretemos de distinto modo. Hay quien podría afirmar que existen tantas obras de teatro -realidades- como asistentes a la misma hubiera. Hasta para el que se durmió en la última fila, la representación le ayudó a conciliar el sueño y significó algo. Quizás, para aquel hombre, el teatro le resulte aburrido; tal vez, llevaba muchas noches durmiendo poco; o también, había ingerido una copiosa comida con mucho vino antes de asistir. Aunque no supiéramos con certeza las causas de su somnolencia, sí podríamos saber de su conducta.


En ese universo mental de mundos posibles sabríamos que la obra de teatro -la realidad- era una, pero que no nos íbamos a poner de acuerdo en cuál exactamente[3]. Además, unos la verían la noche del estreno, otros a la semana, y así. Podría ocurrir que ni tan siquiera asistiésemos a esa obra de teatro porque nos fuimos al cine. Son tantas las cosas que son posibles que sucedan que, hasta la importancia de la obra supuesta, carezca de sentido el planteársela. “El mundo es todo lo que es el caso”, pero “el caso” no es todo lo que es el mundo.


Traduzacamos “el caso” por 'lo que ocurre', 'lo que sucede' o 'lo que acontece'. Ningún ser humano ha tenido hasta ahora acceso directo y empírico a la totalidad de hechos que ocurren en el mundo. Sus límites experenciales se reducen a un campo de espacio-tiempo y, tan sólo rebasa esos límites, imaginando más allá de lo inmediato, trascendiendo hacia los otros objetos y otorgándoles existencia ajena a él mismo. A la imaginación por la que a un ser humano, por ejemplo, le es posible entender que en Júpiter suceden grandes fenómenos meteóricos sin estar allí, se le puede designar como capacidad de abstracción:


La realidad es la gran hipótesis de la mente pensante. Tras la inevitable reflexión con la que Descartes se convence de la existencia del Yo, emerge la no menos inevitable reflexión sobre la existencia de todo lo que no es el Yo. Es la hipótesis del resto del mundo. (...) Podría existir solo Yo y lo que yo soy capaz de imaginar. Pero, en un acto de modestia cósmica, decido aceptar que no estoy solo. Acepto como hipótesis de trabajo, que también existe la realidad. (...) acepto también que en mi realidad existen otras mentes que, como la mía, se interesan por sus particulares realidades.

Existen los objetos reales. Y en la realidad ocurren fenómenos. Los objetos existen y los fenómenos ocurren. Y eso aunque no haya nadie preparado para percibirlos o para pensarlos. Pero no se puede hablar de ellos sin contar con una mente pensante. No se puede hablar de la realidad sin hacer referencia a alguna forma de percibir y de conocer.[4]


Mediante el proceso de abstracción, las mentes pensantes, salen de ellas mismas y generan hipótesis de lo que sucede. Unas veces, esas hipótesis son avezadas y resultan muy útiles; en cambio, otras, son erráticas e inservibles. Por mera probabilidad, si sólo se analizara una sola abstracción del mundo real, es más factible que la generación de hipótesis fuera más errónea que acertada, pues tan sólo hay una manera de que sea de esta última forma e infinitas otras de equivocarse. Las hipótesis fundamentantes generadas sobre el mundo real -el que ocurre y sucede- no se pueden definir por la función derivada de ellas mismas. Es lo que se conoce como la “paradoja de Russell”[5]. Es decir, el mundo no se define por el caso o lo que ocurre en un momento dado; o si se prefiere desde una perspectiva óntica, el mundo no se puede definir por algún particular de lo que sucede en ese mundo y, mucho menos, por un lenguaje que diga representarlo (al mundo):


En la nueva lógica modal, más incisiva, no preguntamos si una proposición es verdadera o falsa sino en qué clase de mundo posible sería verdadera. Sucede además, que si puede demostrarse que es verdadera en todos los mundos posibles imaginables, es casi con toda seguridad una verdad que deriva de la índole misma del lenguaje y no del mundo.[6]

El proceso de abstracción que seguimos para salir de nosotros mismos encarna una especificación incompleta del mundo. Suponemos, en sí, unas características potenciales y emergentes que, entendemos como necesarias para generar hipótesis. Mas la necesariedad es una condición generada por nuestra mente para escoger una alternativa de una colección de posibilidades. La necesariedad intrínseca del mundo ocurrente, tan sólo la podemos calibrar como una posibilidad del devenir. No sabemos con certeza si, el mundo es necesario o, si la necesidad del mundo es un invento nuestro, curiosamente, para ajustar nuestro entendimiento sobre él. Es tan fácil como decir que, lo que pensamos o expresamos, tiene pocas posibilidades de ser verdad.


Si lo anterior es cierto, entonces lo hasta aquí suscrito es muy probable que sea indistinguible de la verdad. Y así es. La verdad lógica no tiene por qué ser la verdad del mundo. Partimos de un imaginario donde una suerte de mundos posibles pueden acontecer; mas sólo uno es el dado y el que realmente acontece. El resto son posibilidades lógico-mentales que no ocurren. El mundo que acontece, lo hace porque se convierte en necesidad en cuanto se van descartando alternativas del suceso. Y se van descartando alternativas en tanto va deviniendo un mundo y no otro. En ese metanivel óntico, sólo podemos afirmar que ocurre lo que ocurre en base a que no sucede otra cosa.


Sin embargo, existe un efecto intencional propiciado por el ser humano; ésto es la transformación misma del devenir del mundo. ¿Cómo transformar el mundo si no existe la posibilidad de hacerlo? Y si existe tal posibilidad, entonces, ¿cómo transformarlo antes de imaginarlo? ¿Participamos en un curso de acción y esperamos a ver qué sucede o, por el contrario, nos anticipamos trazando planes y delimitando metas? En el caso de tener un plan de acción con el fin de transformar el mundo, caemos en la cuenta de que otro mundo es posible, distinto al que -antes de aplicar el plan- deviene.

[editar] Lógica borrosa

Con anterioridad hemos introducido el término verdad, en el sentido genérico de que 'nuestra' verdad no tiene por qué ser la verdad del mundo. En un conjunto clásico, los elementos considerados pertenecen o no a él, con un significado binario y excluyente. En la teoría de los conjuntos borrosos, existen grados o niveles de pertenencia referida a un conjunto local. Es decir, la verdad, considerada como un conjunto lingüístico es:


1. Una colección de etiquetas lingüísticas.

2. Una gradación en el uso de tales etiquetas.


La conceptualización de borrosidad se sitúa en la aproximación y en el manejo de la incertidumbre; pues los fenómenos y observaciones, pueden tener más de dos estados lógicos (verdadero/falso). A esa fórmula de posibilidad de tener más de dos estados de los hechos (sobre todo de los que van a acontecer), les hemos denominado mundos posibles. De este modo, la lógica clásica, queda inscrita como un caso especial dentro de la “teoría del razonamiento aproximado”[7]. La inferencia no se hace en torno de la inclusividad de un entorno binario, sino en base a la variabilidad lingüística de un sistema borroso (de grado de certidumbre o, su inversa, grados de incertidumbre). Lo que permite, en definitiva, es la representación de nuevos modelos de conocimiento que, en los formalismos científicos clásicos, son impedidos por una taxonomía conceptual demasiado estricta.

[editar] Modos, modelos y módulos

Podemos establecer, a priori, que existen diversos modos de representar la realidad. Es decir, lo que nosostros manejamos y manipulamos mentalmente, no es la realidad como tal, sino una o varias representaciones de la misma:


(...) son múltiples las maneras de representar el conocimiento, de ahí que la dispersión conceptual y terminológica sea característica (...) en cuestiones de representación. Aunque todas ellas se refieren a cómo el mundo y sus propiedades (mundo representado) se representan en la mente (mundo representante), lo cierto es que la mayor parte de la investigación realizada (...) se ha reducido a analizar cómo el conocimiento puede ser descrito formalmente en modelos (...)[8]


Con ello, entendemos la circunscripción cognoscitiva de la representación modal, que consiste en que existen diversos modos de representarnos el mundo. Hay quien postula que los hechos -el mundo- suceden con independencia de que existan o no representaciones sobre el mismo. Por contra, hay quien sostiene que sólo existe el mundo en base a las representaciones que dicen que existe como tal. Son posturas externalistas e internalistas respectivamente. Sin embargo, es evidente que, antes de la aparición del hombre sobre la Tierra, existía un mundo, un universo, un devenir y, hasta unas formas de vida. Los fenómenos tienen una capacidad de ocurrencia independiente de su representación inicial. Ahora bien, si se quiere proceder a una especulación (acertada o errónea, que no entramos por el momento a esa cuestión) intercambiable, transmitible y mejorable, si cabe, entonces se necesita de un modo representacional; del que se puedan inferir o extraer ciertas cuestiones. Las representaciones del mundo son, así pues, hipótesis más o menos plausibles de lo que ocurre bajo la perspectiva de quien las formula. Concluimos, por tal motivo, en que no existen mundos posibles en sí, sino un compendio de representaciones posibles que, nuestras mentes manejan para dar cuenta con mejor o peor acierto, de lo que acontece.


Unas veces, las representaciones manejadas intentarán buscar similitudes y analogías con el mundo percibido -modelos analógicos-; otras, emplearán toda una combinación de símbolos agrupados para satisfacer la referencia a ese mundo -modelos simbólicos-. Ahora, el problema estriba en cómo llegamos a semejantes modelizaciones, en su porqué y su para qué.


A partir de la existencia de dos hemisferios cerebrales y de la corroboración de que algunas funciones mentales (el lenguaje, la memoria o las emociones) están asociadas con partes del cerebro concretas y se localizan como algo específico, se ha desarrollado la teoría de la modularidad cerebral. Ello se encarna bajo los auspicios de la evolución encefálica humana, que desde un cerebro primitivo, se van integrando y añadiendo nuevos módulos con nuevas funciones adaptativas:


En la actualidad, la cuestión que se plantea es si la mente constituye un sistema unitario con el que captamos, operamos y resolvemos cualquier tipo de problema, sea éste de carácter lógico-matemático, físico, psicológico o social; o si por el contrario la mente es un conjunto de procesos y sistemas especializados en resolver diferentes tipos de problemas, con estructura y competencia distinta según el campo sobre el que operan.[9]


De ahí se infieren dos teorías de la mente, quizás más complementarias que opuestas:


a) La mente como un todo universal para cualquier propósito.

b) La mente como un conjunto de módulos especializados, con inteligencias múltiples y distintos niveles de competencias (especifidad de dominio).


Excede el motivo de las presentes líneas, decir cuál es la más adecuada. Aceptemos ambas en el sentido generalista: la modularidad porque las neurociencias así lo atestiguan y, el enfoque holista por la admisión de la plasticidad cerebral y la adaptabilidad de su estructura. Lo que huelga decir es que, si nos arrancamos un cuarto de nuestro cerebro, algo de éste va a fallar dependiendo de su localización. Aunque sea factible que algunas neuronas asuman parte de las funciones del cuarto desgajado, es muy posible que su operatividad se vea notablemente mermada. No obstante, en términos de conducta (y de su causación), el modelo de la mente como un todo, se nos revela útil para la visión de conjunto, en un operante combinado, cuyas diversas estructuras se fusionan y ensamblan para producir comportamientos complejos.


Ahora bien, ¿qué entendemos por modelo?:


[la construcción de modelos] La desarrollamos todos nosotros, siempre que nos formamos una imagen en nuestro pensamiento de algo que estamos intentando hacer comprender; cuando dibujamos planos de un proyecto; cuando utilizamos una situación conocida para describir otra similar (por analogía) o cuando desarrollamos y comunicamos nuestras ideas escribiendo, pintando, esculpiendo, o usamos un simbolismo cualquiera.[10]


Dicho de otra forma, un modelo son una serie de representaciones mentales, coherentes para quien lo concibe con aquello que se intenta comprender y representar. Sin embargo, no todos los modelos particulares ideados por los humanos son consistentes con el mundo dado. Lo que se constata es que es coherente para quien lo construye (que para eso lo ha pergeñado) en un momento y que, quizás, pueda albergar alguna certeza, una buena simulación o una aplicación futura viable. Lo que podemos establecer es que, el conocimiento (como un conjunto plural) se basa en modelos y en la forma de construir tales.

[editar] Teoría de las catástrofes

La teoría de las catástrofes fue enunciada por René Thom en los años setenta del siglo XX. Es sobre todo y ante todo, una teoría matemática; con lo que su modelo sirve a ese propósito. Más que enunciar aquí su contenido, lo que nos interesa es el cómo se pueden abordar los asuntos del conocimiento desde perspectivas alternativas sin perder un ápice de seriedad y rigor.


Una catástrofe, en el sentido amplísimo que Thom le da al término, es cualquier transición discontinua que ocurre cuando un sistema puede tener más de un estado estable o cuando puede seguir más de un curso estable de cambio. La catástrofe es el “salto” de un estado o curso a otro.[11]


Para entendernos, se trata de un modelo matemático que interpreta los cambios bruscos que se producen, de modo que los anticipe y evalúe. Dicha interpretación es topológica, cartográfica, como un mapa de un proceso. Y los cambios repentinos no son, en absoluto, algo tan extraordinario. Ocurren con cierta frecuencia en multitud de sucesos: cambios en el humor de una persona, cambios en la metereología, cambios socio-políticos, cambios en la bolsa, etc. Nos hallamos, así pues, frente a acontecimientos no-sistemáticos pero no infrecuentes:


La discontinudad es tanto la norma como la excepción.[12]


La teoría de las catástrofes no es cuantitativa, porque no versa sobre el control y la medición de un proceso, sino que trata de 'dibujar' la estabilidad de los cambios que se producen, a un nivel de regularidad local (no universal):


En los sistemas vivos, el equilibrio es dinámico en vez de estático, porque los organismos y las sociedades siempre están absorbiendo y transformando energía. Tienden a establecer ciclos en los cuales ningún estado es estable, pero toda una serie de estados resiste a las perturbaciones como un giroscopio dando vueltas.[13]


Aunque no faltan detractores a esta teoría, diremos que sus matemáticas son correctas y, que su problema central estriba en sus aplicaciones a la realidad. En un modelo, siempre existe un margen de error, en tanto en cuanto representa adecuadamente lo que trata de representar y, si lo representado es combinable con lo que ya sabemos del mundo que acontece (es decir, si lo imaginado coincide con lo que sucede). También existe otro margen de error cuando tratamos de hacer coincidir el modelo con la realidad y no al contrario [14]. La utilidad de la teoría no puede aplicarse a todo como si cualquier cosa, sino que es una mera parte del puzzle. Lo que sí hay que entender, es que sugiere cursos de acción diferentes que posibilitan otras perspectivas y enfoques representacionales.


[editar] La cultura del error[15]

No nos resulta ajeno el dicho errar es humano (al que se le añadía que perdonar es divino), señalando con ello la imperfección de la condición humana, de sus actos o de sus conocimientos. Estamos en el caso de la duda metódica cartesiana: “dudo, luego existo” o, más exageradamente, “yerro, luego existo”. Dudamos porque sabemos que podemos equivocarnos en las apreciaciones que hacemos para entender, explicar y predecir el mundo o parte de éste. Dudamos, en definitiva, porque nuestro aparato calibrador -el cerebro- entre lo que pensamos y lo que ocurre en realidad, puede que no esté ajustado, enfocado y que las variables que lo configuran (emociones, percepciones, etc.) produzcan distorsiones adaptativas.


Ante la capacidad de errar, también reza el dicho popular, que es de sabios el rectificar. La plasticidad comportamental, que modifica nuestra conducta, nos dice que hay que aprender de los errores para no volverlos a cometer. Pero


En un mundo de elección y riesgos la posibilidad de error aumenta.[16]


No obstante, el aprendizaje por ensayo y error puede ser muy costoso en términos adaptativos, pues el error puede acabar con vidas humanas. En líneas generales


La sociedad actual es ya menos extremista; no cree en los perfeccionismos. La posibilidad de error se ha reconocido (...).

La defensa o tolerancia ante el error no es una insurrección o anarquía social o corporativa. Es un prisma distinto a través del cual ver las cosas, favorecido por la caída de las verdades absolutas y las doctrinas universales. Es un punto de vista escéptico sobre las ideas que prima a las personas sobre las teorías.[17]


Nos quedamos con esta última frase que rezuma humanismo por todos sus poros: primar a las personas sobre las teorías. Sin embargo, para aplicar un precepto como este, no es necesario ponerlo en relación con una supuesta cultura del error. Porque lejos de la interpretación de su autor, bajo la cultura de error se esconden las mayores atrocidades del ser humano (la Iglesia de Roma colaboracionista con el nazismo para exterminar judíos, la Santa Inquisición, dictaduras políticas que anulan toda oposición mediante el asesinato y un largo etcétera). El sentido constructivo y de reconocimiento de errores no basta para devolver a la vida a seres humanos, por ejemplo. El que podamos convenir que existen errores en nuestras apreciaciones no quiere decir que los justifiquemos, sino que los comprendemos y que los podemos aceptar en cuanto ocurren en el devenir. Lo que no es asumible por el conocimiento es sostener un error en el tiempo:


Los principales errores humanos se caracterizan por su persistencia y su extensión. (...)

La vida del ser humano es una constante búsqueda de la seguridad, de la certidumbre. Queremos entender las cosas para tranquilizarnos, para intentar cambiar la realidad. Pero ni entendemos todo lo que queremos, ni lo que entendemos nos gusta siempre.[18]


Caemos en la cuenta entonces, que muchos de los errores que se han cometido y se cometen a lo largo de la historia, es que se tratan de cuestiones relacionadas con intereses de algunos seres humanos sobre el resto, creando privilegios sobre unos y desechando su posibilidad para otros. La Iglesia de Roma se aseguró su existencia bajo el régimen nazi en detrimento de los judíos. El reconocimiento de este error después de cincuenta años por el Papa Juan-Pablo II no exime a la Iglesia de Roma de este error.


No se trata de defender a los judíos, sino a cualquier ser humano enfrascado en estos errores que ponen en juego su vida, fuere de la religión, del sexo, de la raza o de la clase social que fuere. El conocimiento, en su vertiente ética, jamás puede poner en riesgo vidas humanas y, en todo caso, minimizar siempre los efectos nocivos de supuestos que fomentan la ignorancia de las personas.


Todo aquello que suponga poner en riesgo vidas humanas, NO ES CONOCIMIENTO. Saber hacer una pistola para matar a un semejante, no es conocimiento; tener una religión que promete una vida mejor si haces una guerra, no es conocimiento; tener privilegios irracionales -como ser rey por herencia- sobre otros seres humanos, no es conocimiento...


La lista es larga. Los conocimientos, recapitulamos, tienen una dimensión óntica, otra lógica y, además, la ética. Asumimos que existen errores, pero no que esos errores asuman a las personas. Hemos reformulado las viejas tesis epistemológicas en alternativas viables, serias y emergentes. Aún no nos hemos decantado por formular una teoría del conocimiento; más bien hemos problematizado la cuestión para dar cuenta al lector sobre el manejo de la complejidad. Ésta es difícil de analizar y compatibilizar con comportamientos razonables, cuyos errores no supongan riesgos adaptativos generalizados. Nos hallamos, en definitiva, frente a nuevos planteamientos sociales y cognoscitivos que no podemos eludir. Si alguien no lo hace de forma seria y sistemática, otros vendrán a realizarlo de manera interesada, interpretando el mundo a su imagen y semejanza; añadiendo y determinando qué es conocimiento y qué no es. Alertado de este peligro, el lector debe activar su cerebro para establecer un mapa de validez contrastada y justificada.


[editar] Referencias

  1. Mosterín, 2000; p. 309
  2. Beltrán, 2003; p. 111
  3. Nos referimos a un acuerdo “absoluto”. Hay que entender la teoría de “mundos posibles” como algo pre-cognoscitivo; que no llega a ser planteada en términos estrictamentemente epistemológicos, sino como alegoría primigenia de nuestro reconocimiento a la ignorancia lógica de partida.
  4. Wagensberg, 2002; p. 17
  5. Básicamente, aquélla consiste en que lo que se refiere a una clase, ésta no puede ser miembro de sí misma; y que no es posible que, los valores de una función tengan partes cuya definición devenga por relación a la función misma. Esto obliga a colocar los asuntos a distintos niveles (Niddtch, 1995).
  6. Bruner, 2004; p. 54-55
  7. Zadeh, 1987
  8. Crespo, 2002; p. 87
  9. García, 2001; p. 147
  10. Turner, 1974; p. 363
  11. Woodcock y Davis, 1994; p.49
  12. Woodcock y Davis, 1994; p.19
  13. Woodcock y Davis, 1994; p.52
  14. Esto sucede cuando tratamos de introducir cambios en el devenir o intervenimos en la realidad para transformarla de algún modo.
  15. Tomado del libro del mismo título de José F. García Méndez (1997)
  16. García Méndez, 1997; pág. 21
  17. García Méndez, 1997; pág. 24
  18. García Méndez, 1997; pág. 33

[editar] Bibliografía de referencia:

BRUNER, J. (2004): Realidad mental y mundos posibles. Los actos de la imaginación que dan sentido a la experiencia, Gedisa. Barcelona.

CRESPO, A. (2002): Cognición humana. Mente, ordenadores y neuronas, Centro de Estudios Ramón Areces. Madrid.

GARCÍA GARCÍA, E. (2001): Mente y cerebro, Síntesis. Madrid.

GARCÍA MÉNDEZ, JOSÉ F. (1997): La cultura del error. Cómo afrontan las empresas sus oportunidades de mejora, Planeta. Barcelona.

MOSTERÍN, J. (2000): Conceptos y teorías en la ciencia, Alianza Editorial. Madrid.

NIDDITCH, P.H. (1995): El desarrollo de la lógica matemática, Cátedra. Madrid.

TURNER, J.C. (1974): Matemática moderna aplicada. Probabilidades, estadística e investigación operativa, Alianza Editorial (Universidad). Madrid.

WAGENSBERG, J. (2003): Si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?, Tusquets Editores. Barcelona.

WOODCOCK, A. Y DAVIS, M. (1994): Teoría de las catástrofes, Cátedra (Colecc. Teorema). Madrid.

ZADEH, L.A. (1987): Fuzzy Sets and Applications (Select Paperes, edited by R.R. Yager, S. Ovchinnikov, R.M. Tong, H.T. Nguyen) John Wiley, Nueva York.


[editar] El problema de la sociedad

--Andresmerejo 03:11 22 nov 2007 (UTC) Las sociedades de la información y el conocimiento genera una secuencia de malestares que tienen que ver con la velocidad, el aceleramiento de los sujetos que se mueven como especie de ciborg, híbrido de seres orgánico y cibernético. De ahí que en el ciberespacio andan millones de ciberadictos, obsesivo a la red, sin estrategia específica y sin proyecto de vida definido, perdida del sentido solidario real, de las relaciones sociales reales. De ahí que la generación net, exprese su desprecio sobre el mundo real y lo que no esta en la red para ellos no existe.

Vivimos unos tiempo de aprendizaje para toda la vida, sin embargo la mayoría de la población no navega por la red, un 75% excluida de este cibermundo. Son infopobre en cuanto pobre de información.

Sin embargo no podemos por eso vivir en lo borde de la sociedad de la información y el conocimiento, ya que seria un problema mayor en la sociedad, ya que la globalización, quiérase o no, es el estándar del siglo XXI.

En mi país, la República Dominicana, somos más de dos millones de cibernauta que navegamos en el ciberespacio y aun tenemos muchos problemas sociales, pero no por eso podemos escapar a esa corriente de la tecnología de la información y el conocimiento que se vive en una parte desarrollada del planeta. Lo expuesto apenas es un punto de una problemática compleja y convulsa que se ha estado dando en las sociedades de la información y el conocimiento

[editar] Problemas centrales en una epistemología de la sociedad del conocimiento


[editar] El problema de la verdad y de la certeza


[editar] El problema de la causalidad


[editar] El problema de la interacción


[editar] El problema epistémico de la Teoría general de los sistemas


[editar] El problema de la cultura


[editar] Los problemas de la economía


[editar] El problema de la información


[editar] El problema de transmitir información: la comunicación



[editar] Los problemas emergentes de la sociedad del conocimiento

La justicia social

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La educación

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