Diccionario de Psicoanálisis / Sublimación
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La concepción freudiana de la sublimación se expone inauguralmente en la Metapsicología de 1915, en su capítulo inicial: “Pulsiones (Trieb) y destinos de pulsión”[1]. La tesis es conocida. Para Freud hay cuatro destinos pulsionales:
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El binomio pulsiónsublimación permite a ésta última sustraerse de lo que, aún, con demasiada frecuencia se divulga: su reducción a una actitud un poco débil que intelectualiza, incluso vuelve abstracto lo que la pulsión realiza, en su empuje constante (konstante Kraft) que no conoce día o noche. Como dice Freud: las pulsiones “se habilitan para operaciones muy alejadas de sus acciones-meta originarias (sublimación)” [2]. La sublimación se asocia inmediatamente al arte, a la estética, al distanciamiento, en resumen a la renuncia-desplazamiento de los fines pulsionales. Un velo –la belleza– recubre la pulsión difractada en sus cuatro componentes heterogéneos —un “montaje” dirá Lacan [3].
Estas observaciones no son falsas sino insuficientes.Lacan, en su Seminario XI, hará hincapié en lo que la pulsión pone en juego para captar la lógica de la sublimación. La operación de sublimación permite ver la manera en que la pulsión objeta la mitología de la satisfacción (Befriedigung): “La satisfacción de la pulsión es llegar a su Ziel, a su meta. La fiera sale de su guarida querens quem devoret...”[4]. He aquí precisamente lo que la sublimación desmiente. Esta objeción pasa a menudo desapercibida:
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Lacan añade una formula cruda:
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Dicho de otro modo, la sublimación, en tanto que es uno de los destinos pulsionales, es una modalidad, de pleno derecho, de la satisfacción –de goce dirá Lacan al final de su enseñanza. Pero esta satisfacción no es unívoca –“es paradójica”.
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Decir “satisfacción paradójica” es decir que en la pulsión no hay acomodo, que no se encuentra ni se puede agarrar el objeto que la satisfaría y apaciguaría. Lo real está ahí implicado:
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En suma, la pulsión no encuentra su objeto, da un rodeo –lo falla y lo escamotea. Es a título de perdido, radicalmente, que el objeto entra en función abriendo el campo de su búsqueda –la repetición.
La satisfacción se introduce en este trayecto (= el rodeo pulsional); pero en tanto se falla el objeto al que se apunta, la pulsión toca a lo real –“... lo real como lo imposible”– y no puede reducirse a los simples significantes o a los enviscamientos imaginarios. Decir que 333 toca a lo real, supone plantear –a leer el seminario del 64 con las adquisiciones de los siguientes y, especialmente, de 1972-73, Aún– que lo imposible de la proporción sexual se inscribe en su corazón. Lacan articula esta paradoja de la satisfacción pulsional, enmarcada por lo imposible, como “el goce que no conviene”. Esta paradoja, esta lógica de lo imposible que la rodea, soportan –he aquí el paso a hacer– el objeto y su fracaso en el parlêtre: “Esta falla, dice Lacan en Aún, es la única forma de realización de esta relación, si, como lo postulo, no hay relación sexual”. (...) Eso falla. No se trata de analizar cómo se logra, sino de repetir hasta la saciedad por qué falla. Falla. Es algo objetivo. (...) Tan salta a la vista que es objetivo que hay que centrar en torno a eso, en el discurso analítico, lo que atañe al objeto. El fallar es el objeto. (...) El objeto es una falla. ”La esencia del objeto es el fallar” [5]. Esta falla relativa al objeto articula la satisfacción pulsional con la categoría de lo imposible. Dicho de otro modo, como goce “no conviene”: gozar dela falla. Objeto a, pulsión y sublimación devienen tres términos inseparables. Como resultado: la sublimación es goce, es decir la unión de la satisfacción y lo real (= lo imposible).
Estas consideraciones de 1964, principalmente, en tanto que son una lectura minuciosa de la Metapsicología freudiana, constituyen balizas que restituyen a la sublimación un lugar vivo muy lejos de la afectación que esta palabra comporta en el léxico común. Permiten volver a leer, por ejemplo, los capítulos, del VII al XII, que Lacan le consagra en La ética del psicoanálisis (1959-60) [6]. Este seminario rompe la serie que despliega al inconsciente trabajador, cuyas formaciones tienen un estilo barroco. En La ética, es das Ding (la Cosa) lo que prima –ella no habla, detiene, constituye un tope a la lógica significante: “La realidad muda que es das Ding” [7]. Es el “fuera-de-significado”, siempre un más allá (del principio del placer). Lacan ubicará la Cosa en posición de causa: el sujeto “puede gemir, estallar, maldecir, no comprende –nada se articula aquí, ni siquiera por metáfora”[8]. Así, el bien, lo bueno, lo malo son metáforas (mentiras). En el corazón del mundo subjetivo donde se ordenan los significantes del deseo, hay das Ding –está en el centro en tanto excluida, es “... el extranjero que esta en mí, en mi corazón...” Das Ding determina un lugar (topológico) en el que ulteriormente Lacan situará lo real y la paradoja de lo imposible que constituye la sublimación. A partir de esta nueva topología, Lacan introduce la sublimación especialmente en su lazo con el padre simbólico. El padre simbólico proviene, en la ficción freudiana de Totem y Tabú, del asesinato del padre –este asesinato es la condición de la cultura, de la ley y del retorno del amor, que el cristianismo ha convertido en su motor y el amor cortés ha valorizado en su poesía. Este asesinato no abre la vía del goce. Al contrario, refuerza el obstáculo al goce, que permanece doblemente prohibido.
La tesis de El Malestar en la cultura y de Totem y Tabú es que el Soberano Bien, que es la madre (en lugar de Ding), está prohibido.
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La ley moral se situa en este punto: presentifica, en nombre del padre simbólico, este “no” al Soberano Bien. El Nombre del Padre es la operación de sublimación. Lacan no dice otra cosa cuando habla de la “sublimación del Padre”. No es por azar tampoco que, en La ética, Lacan recurra, para definir la ley moral, a los mandatos del Deuteronomio. Dios se aborda allí por el bies de la ley que sublima.
El amor cortés, en la Edad Media, sitúa la Dama precisamente en este lugar de la Cosa. Es uno de los paradigmas históricos del amor sublimado. “El objeto, señaladamente aquí el objeto femenino, se introduce por la muy singular puerta de la privación, de la inaccesibilidad. Cualquiera sea la posición social de quien funciona en este registro (...) la inaccesibilidad del objeto es planteada desde el principio”. Es decir, que
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Estas balizas permiten, a partir del binomio freudiano del inicio, pulsión sublimación, captar las consecuencias clinicas que Lacan extrae de él. Tras el velo de la belleza que recubre la inaccesibilidad del objeto se demuestra radicalmente que el objeto de la pulsión está siempre perdido, que el trayecto pulsional implica satisfacción en su fracaso mismo, que das Ding es realidad muda que hace hablar, que la relación sexual no puede escribirse y esto permite extraer lo imposible. Estas diferentes expresiones de Lacan, que siguen las escansiones de su enseñanza, dejan al desnudo en todos los casos la misma lógica: la sublimación es una modalidad de recubrir y, a la vez, de hacer surgir lo real al que el sujeto se confronta (tuché).
- ^ S. Freud (1915). Pulsiones y destinos de pulsión, Obras Completas, vol. XIV. Amorrortu Editores, Buenos Aires(1984).
- ^ S. Freud (1915). Ibídem, pág. 121. .
- ^ J. Lacan (1964). Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, pág. 176. Paidós, Buenos Aires(1987). [950-12-3981-0]
- ^ J. Lacan (1964). Ibídem, pág. 172 y ss. .
- ^ J. Lacan (1972-73). Aun, pág. 73. Paidós, Buenos Aires(1991). [950-12-3990-X]
- ^ J. Lacan (1959-60). Seminario 7: La ética del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires(1988). [950-12-3977-2]
- ^ J. Lacan (1959-60). Ibídem, pág. 70 y ss. .
- ^ J. Lacan (1959-60). Ibídem, pág. 91. .
| Texto Original | Hervé Castanet |
| Traducción | Julio González |

