Cibercultura:hipertexto, literatura y ciudad

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[editar] Hipertexto, literatura y ciudad

P.- En un artículo suyo, usted desarrolla la relación entre hipertexto, literatura y ciudad. ¿Podría aquí recordarnos como surge esa curiosa relación?

R.- La idea de relacionar hipertexto, literatura y ciudad, nació de lo expuesto por Jean Clement en su artículo: “El hipertexto: una enunciación pionera”. Clément plantea allí que, desde el punto de vista comunicativo, el hipertexto constituye una expresión muy singular que requiere por eso de una reformulación retórica para promover, como valor agregado frente a otras formas tradicionales de comunicación, lo que le es más propio y específico: un pensamiento divagante y un recorrido azaroso del texto por parte del lector. Acudiendo a Michel de Certeau, Clement propone comparar la “lectura” del hipertexto con el recorrido que hace un caminante por el espacio urbano de la ciudad, expuesto a la vez a la seguridad de un mapa y al riesgo de la desorientación. Según Clement, similarmente el hipertexto exige del lector una especie de riesgo que algunas veces intenta ser allanado utilizando una guía o mapa. Pero tanto en el caso del hipertexto como en el del espacio urbano, no se trata solamente de seguir las indicaciones de las calles o la guía de navegación: en cada cruce —del hipertexto o de la ciudad—; es el peatón —o el lector— quien decide qué dirección seguirá, dando un rodeo o tomando un atajo. Y lo que lo estimula a girar a la izquierda o a la derecha es “la alquimia que se establece entre los humores del paseante y los ambientes de la ciudad”. Recorrer un hipertexto es entonces “ir a la deriva”.

De otro lado, la literatura parece anticipar esta manera de recorrer territorios y de leer textos. Cierta tradición literaria estructura historias y crea personajes que transitan la ciudad moderna de esa manera azarosa e intuitiva, y descubren en su trasegar, verdades insospechadas. Es lo que llama el escritor colombiano Mario Mendoza “los neonomádas urbanos”, personajes vagabundos y callejeros.

[editar] Espacio liso y espacio estriado

Un segundo referente que utilizo para relacionar hipertexto, literatura y ciudad, son las nociones de espacio “liso” y espacio “estriado” que nos proponen Deleuze y Guattari (1998). Según estos autores, el espacio puede ser definido como estriado o liso a partir de la manera como se subordinan las líneas o trayectos a los puntos. En el espacio estriado son las líneas las que están subordinadas a los puntos, en el espacio liso en cambio, los puntos están subordinados al trayecto. En el espacio liso la línea provoca el punto, es decir, el recorrido que se realiza no depende de las referencias, como en el caso de los trayectos por el desierto o por el mar, sino que varían de acuerdo con factores más o menos azarosos. En el espacio estriado los trayectos están perfectamente referenciados e incluso medidos y calculados. El espacio estriado por excelencia es la ciudad occidental, cuya base de diseño es la cuadrícula.

Sin embargo Delueze y Guattari nos advierten que los espacios no solamente se definen por esa relación entre líneas y puntos, sino también por la “manera” como se recorren esos espacios. Es posible entonces recorrer “estriadamente” el mar o el desierto, en la medida en que quien lo hace cuenta con referencias y trayectos predeterminados, dados por la ubicación en grados de longitud y latitud por ejemplo. De la misma manera, es posible entonces recorrer “lisamente” un espacio tan cuadriculado como la ciudad. Es el caso del vagabundo citadino que no tiene a dónde ir y recorre las calles al azar, sin ningún objetivo determinado y liberado de las referencias cotidianas con las que manipulamos los espacios para un beneficio práctico.

Esta segunda posibilidad de definición de los espacios da lugar a percepciones inesperadas. En el caso de los espacios estriados, ya sean entendidos como espacios delimitados rigurosamente o espacios recorridos estriadamente, la percepción de la realidad se contrapone a la que se deriva de los espacios lisos, en los cuales se accede a la realidad a través de intuiciones y facultades sensoriales, en lugar de cálculos o planos previamente determinados. Los espacios estriados están dominados por la rutina, la secuencia y la causalidad. El espacio liso, en cambio, se define dinámicamente en función de la transformación. Y, en la medida en que el hipertexto constituye un espacio para la improvisación y el descubrimiento, donde los usuarios pueden seguir múltiples líneas de asociación o causalidad, en lugar de tener que seguir las prescripciones de una lógica exclusiva, esta nueva forma de enunciación se acerca mucho más a la imagen de un espacio liso. La vinculación entre hipertexto y espacio liso, hace que Moulthrop exprese su entusiasmo:

Así pues, puede que el hipertexto y los hipermedios representen la expresión del rizoma en el espacio social de la escritura. Si es así, podrían muy bien pertenecer a nuestros sueños de una nueva cultura. Podría resultar interesante, sobre todo si se quieren formular radicales reivindicaciones sociales, argumentar que el hipertexto proporciona un laboratorio o lugar de origen para una alternativa nómada de estructura lisa al espacio discursivo de finales del capitalismo.( )

P.- En el artículo usted también habla de ciertos antecedentes literarios. Creo que utiliza la noción de neonómadas. ¿Podría explicarnos esa noción?

[editar] Los neonómadas urbanos en la novela contemporánea

Recojo esa expresión del artículo del escritor colombiano Mario Mendoza, que lleva por título precisamente “El neonómada vectorial en 4 años a bordo de mí mismo de Eduardo Zalamea Borda”. En ese escrito, Mendoza hace un recuento muy completo de la literatura que describe el comportamiento de los neonómadas urbanos y que yo valoro como una muestra anticipatoria de la misma necesidad de “pensamiento a la deriva” que los sistemas hipertextuales han encarnado en su nueva retórica. Los neonómadas son habitantes de la urbe que dejan de vivir al estilo sedentario de los ciudadanos normales y se dedican al vagabundeo liso, es decir, recorren la ciudad como si no tuviera esquemas de orientación precisos. Mendoza menciona por ejemplo la novela “Mascaró el cazador americano”, del argentino Haroldo Conti, en la que los personajes están en perpetuo movimiento, debido a que se han ingeniado un “circo” ambulante que se convierte en pretexto para cambiar de un lugar a otro. De este modo la novela empieza a mostrar las posibilidades de convertir un espacio sedentario en un espacio nómada y múltiple, en función de los recorridos que hacen estos personajes.

En el cuento “El hombre de la multitud” de Edgar Allan Poe, un personaje persigue a otro a través de las calles de Londres con el objetivo de averiguar hacia dónde se dirige. El descubrimiento que hace el perseguidor es que su perseguido no se dirige a ninguna parte en particular, o lo que es lo mismo, que se dirige a todas partes, una manera de deconstruir el espacio estriado de la ciudad.

En “Wakefield” de Nathaniel Nawthorne, un hombre decide salir de su casa para no volver y arrienda una pequeña habitación en la calle adyacente, desde donde vigila lo que ocurre en su casa, construyendo de esta manera una existencia paralela. Después de 20 años el hombre regresa, como si nada hubiera pasado, al primer espacio de habitación. Entre tanto, Wakefield, el protagonista, ha experimentado en todo su rigor la marginación del sistema. Si bien ha permanecido muy cerca del espacio donde el sistema había funcionado a la perfección, en realidad ha estado habitando otro mundo.

Es una situación muy similar a la que narra el escritor brasileño, Joao Guimaraes Rosa en su cuento “La tercera orilla del río”. En este relato un narrador nos va haciendo memoria de una situación muy extraña. 30 años antes de su narración, su padre ha decidido abandonar inexplicablemente la casa donde vivía con su familia y después de construir una canoa se ha internado en el río que está frente a su pueblo. Durante esos 30 años no ha hecho más que recorrer hacia arriba y hacia abajo el río, completamente alejado de la lógica de la vida cotidiana. Pero ha logrado sobrevivir gracias a una especie de temor solidario de su hijo, el narrador, quien sin entender las razones por las que su padre se ha alejado, se ve en la obligación de mantenerlo. Después de todo ese tiempo, el propio narrador se siente atraído por la idea de abandonar su mundo cotidiano pero al final decide rechazar la invitación que su padre, un hombre envejecido y de aspecto salvaje después de los 30 años de marginación, le ha hecho. Como en Wakefield, este narrador siente el horror de estar habitado por fuerzas internas que lo impulsan a alejarse de las certezas y de los espacios calculados y medidos de la sociedad.

En el relato “Un fragmento de vida” de Arthur Hachen, un personaje acosado por la vida rutinaria y mediocre que lleva, decide aventurar, y después de aprovisionarse de agua y de víveres, sale a recorrer la ciudad azarosamente, sin proponerse objetivos. Con este viaje a la deriva, el personaje descubre “lo otro” en su propio ser, gracias al recorrido de un espacio “otro”: está en el mismo lugar en el que siempre ha vivido, pero lo recorre de otra manera y así hace en verdad una viaje de autoconocimiento que no habría ni siquiera vislumbrado si hubiera permanecido en su rutina anterior.

Estos viajeros, según Mario Mendoza, realizan una especie de potenciación de la “lisura” urbana y anuncian nuevas formas de experiencia a partir de nuevas formas de desplazamiento. La ciudad para ellos deja de ser un espacio completamente racional y se vuelve un espacio que se distribuye y se multiplica de una manera insospechada.

En la novela del colombiano Fredy Tellez “La ciudad Interior”, el narrador protagonista agota la metáfora “escribir es caminar”. Se trata de un hombre que recorre varias ciudades europeas y paralelamente escribe una novela. A medida que avanza en su escritura y en su vagabundeo citadino, descubre que la única manera de escribir adecuadamente su obra es abandonando las certezas tanto racionales como existenciales que ha venido acumulando a lo largo de su vida, de la misma manera que descubre otros matices de la experiencia cuando se abandona al vagabundeo azaroso por las calles de las ciudades. La noción de territorio aplicada al campo de la “literatura” actúa aquí como una limitante del escritor, quien sólo puede narrar lo que ese texto-camino-territorio le ofrece; su escritura dependerá ya no del espacio como del recorrido: “Me paré ahí porque yo también estaba en un pasaje difícil, acordándome de mi manuscrito y sin saber que hacer, si continuar escribiendo —perdón, paseando, quería decir…”.

Todos estos ejemplos narrativos constituyen anticipaciones de un deseo por librarse de las estructuras y certezas que han predeterminado la experiencia humana en la modernidad. Constituyen una especie de resistencia a esa predeterminación que tiene quizás un paralelo en la concepción de un pensamiento divagante por naturaleza que el pensar-vivir de la modernidad ha limitado a funcionamientos más o menos esquemáticos. Lo que muchos teóricos del hipertexto han afirmado precisamente, es que el nuevo soporte de expresión hipertextual recupera la posibilidad real de poner en marcha ese pensamiento divagante y asociativo natural en el hombre, y de alguna manera concreta, lo que el ejercicio literario había estado denunciando y anticipando a través de esas narraciones de neonómadas urbanas.

[editar] Para terminar

El artículo que estamos recordando aquí es también un testimonio de mi propio trasegar creativo que tiene al menos tres momentos: mi propia experiencia urbana, mi escritura novelesca y la incursión en los laberintos hipertextuales. La ciudad ha dado origen a un tipo de literatura que demanda un recorrido nómada. El hipertexto permite hacer recorridos “lisos” por espacios estriados, es decir, no determinados por una secuencia o por ninguna otra performatividad —ni siquiera la intención creativa del lector, que se disuelve en la pura interactividad—. La ciudad, igual que el hipertexto, se recorre como sinécdoque (se percibe fragmentariamente), metonimia (siempre se siente que falta algo) y metáfora (nunca la ciudad es la misma). La creatividad literaria es un proceso guiado por los recorridos lisos. Es en la experiencia del proceso creativo mismo donde se experimenta esa especie de libertad mental propia de los espacios lisos. Y todas estas dimensiones han sido entrevistas y conectadas en un proyecto creativo que ha recorrido el camino, que va desde ser un transeúnte más de la ciudad, hasta ese hacer creativo que pasa primero por la novela y se detiene fascinado en las posibilidades narrativas del hipermedia.

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