Cibercultura/Cuerpos libros, edificios y papeles: la presencia en cuestión
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[editar] Cuerpos, libros, edificios y papeles: la presencia en cuestión
P.- Quizás uno de los caballitos de batalla de quienes se resisten a creer en las maravillas de las nuevas tecnologías y de la virtualidad es la de que nada puede sustituir el contacto personal directo. Algo parecido se le reprocha a la pantalla de computador: su falta de familiaridad material. Así en la educación como en la comunicación en general. ¿Se debe esto a nuestro fuerte arraigo a lo corporal y a lo material o simplemente es una más de las manifestaciones de nuestra ansiedad por el momento de transición que hoy vivimos?
R.- Es curioso que los críticos más pesimistas del auge de las NTIC y de la virtualidad contemporánea exploten las cuestiones sobre el cuerpo y sobre la identidad —o personalidad— como los aspectos más problemáticos. Curioso pero no del todo equivocado, pues éstas son al parecer precisamente las áreas más afectadas con las nuevas tecnologías.
El asunto de lo corporal lo he abordado en diversas ocasiones en este libro, pero creo que su pregunta me da la oportunidad para apuntalar un par de temas. Recordemos por ahora el planteamiento de Gubern, de que el cuerpo del hombre empieza a tener dificultades funcionales en relación con las exigencias de su entorno tecnológico, y que por eso el impacto de las tecnologías de la comunicación y la información se extiende hasta la modificación cabal de nuestras vidas, afectando los planos físico, intelectual y emocional. Marc Dery reporta como una de las “fantasías” propias de la cibercultura la inminencia de nuestra entrada a un universo posbiológico, en el que formas de vida robóticas capaces de pensar y de reproducirse independientemente, se desarrollarían hasta convertirse en entidades tan complejas como las humanas; un universo, y en el que sería posible descargar nuestros espíritus en la memoria digital o en un cuerpo robótico, para liberarnos así definitivamente del cuerpo. Quéau se aparta de las posiciones dualistas frente al tema cuerpo/espíritu, pero afirma no ya la fantasía, sino la existencia de mundos virtuales alternos, aunque complementarios, al mundo de las presencias físicas, donde habitan formas de cuasi vida, seres de síntesis capaces de evolucionar e interactuar. Turkle, al dar cuenta de los efectos sobre la identidad que se producen cuando la red da la posibilidad de crear distintas personalidades y de vivir vidas paralelas, afirma también que la gente que vive en la pantalla continúa estando limitada por los deseos, las penas y la mortalidad de su organismo físico. Levy, por su parte, plantea la virtualización del cuerpo como una de las manifestaciones de la virtualización contemporánea, donde la tecnología juega un papel importante, ya sea para garantizar presencia sin la limitación que implica la movilidad de cuerpos (telepresencia), ya sea porque socializa y hace públicas las funciones somáticas, ya sea porque nos indica que las actuales especies botánicas y animales —incluida la especie humana—, son apenas casos particulares de una continuidad biológica virtual inexplorada (biotecnología).
[editar] ¿La persona en cuestión?
Por su parte, Kerckhove en su libro Inteligencias en conexión, si bien reconoce que los asuntos más álgidos, los que más causan debate, frente al valor o no de las tecnologías interactivas, son precisamente los relacionados con el cuerpo y la persona, sale al paso afirmando que el efecto de perder parte de la presencia física en los entornos on-line no es necesariamente negativo. Al contrario de lo que algunos han descubierto como la “incomodidad del cuerpo”, lo que parece ocurrir normalmente es lo contrario: que la gente se hace conciente de su cuerpo y de la fortuna que significa tenerlo. Lo mismo ocurre con la identidad. Jugar el juego de las vidas paralelas, ocultar nuestras características reales en la red o simular unas nuevas, ponerse máscaras electrónicas nos une más a nuestro ser particular, despierta la necesidad de reconocer nuestro propio ser. Es lo que he insistido en llamar el efecto de la “competencia”.
Cuando no teníamos otra manera de ser que la definida por nuestras propias predeterminaciones físicas o psicológicas, cuando no teníamos otra manera de acceder a la información que el texto atrapado en el libro, nuestra presencia física y nuestros libros ejercían una especie de totalitarismo. Hoy que hay alternativas, nuestros cuerpos se vuelven hipercuerpo y nuestra personalidad se abre a la diversidad, como también nuestros textos lo han hecho —se han abierto y se han vuelto hiper o politextos—, y eso es esencialmente bueno.
Sin embargo, Kerckhove es muy claro al preocuparse por el desequilibrio que puede llegar a producirse ante una no imposible —no inverosímil— inversión de la relación hombre-máquina. Lo que comenzó como el apoyo en la tecnología para extender nuestro poder de acción sobre el mundo y que muy pronto se convirtió en la posibilidad de proyectarnos a través de máquinas —robots—, puede conducirnos a un escenario aterrador en el que nosotros o mejor, nuestros cuerpos, se conviertan en la extensión orgánica de nuestras magníficas y sofisticadas máquinas. Pero aún así, Kerckhove sale de nuevo al paso. Tal vez, dice él, es necesario vislumbrar ese escenario trastocado para volver a encontrar nuestra humanidad perdida.
En cuanto al asunto de la presencia, Kerckhove plantea la pregunta de este modo: ¿Qué es lo que exactamente está “presente” de una persona cuando te encuentras con ella en carne y hueso, cara a cara? Obviamente su cuerpo y con él todo tipo de información. El cuerpo es una especie de caja emisora y receptora de información muy sofisticada. Pero también se asocian a él, sensaciones, humores, afectos, piel y gestos, aspectos que van más allá de la pura función informativa, pero que también informan. A todo esto lo llama Kerckhove: interactividad —lo que está presente es, pues, la interactividad—. Sin ser muy concientes de ello, en los encuentros cara a cara procesamos todo lo que emiten estos componentes de la presencia: verificamos no sólo su origen, sino que nos movemos en ciertas condiciones como el espacio y el tiempo compartidos y exigimos la bidireccionalidad de la comunicación en tiempo real.
Pero, ¿qué sucede si el “contacto” está mediado por una máquina? Para responder a esta cuestión, Kerckhove diferencia los medios. Mientras el teléfono, la videoconferencia y la realidad virtual on-line —empezando por el chat, pero culminando con entornos audio-gráficos potentes— cumplen con las condiciones de evidencia del origen, tiempo-espacio compartido y bidireccionalidad en tiempo real —y por eso se puede hablar de telepresencia—; otros, como la comunicación asincrónica a través de la red (foros virtuales), sólo las cumplen a medias.
¿Qué se pierde entonces con la “no presencia” —incluida la telepresencia—? Sobre todo la riqueza del cuerpo en tanto caja de información y lenguaje, pero también en tanto fuente compleja de comunicación: los humores, los afectos, los gestos, la piel. Esto no significa, sin embargo, que todo contacto cuerpo a cuerpo tenga garantizando el éxito comunicativo: pueden darse todas las condiciones y no fluir la comunicación —o incluso causar efectos negativos—, porque la piel, porque el humor, porque el gesto... O puede ocurrir que los aspectos del contacto que vienen asociados al cuerpo sean subutilizados y que ni la piel, ni los gestos, ni los humores desarrollen ninguna función provechosa.
De otro lado, no-presencia no implica despersonalización. Son dos asuntos muy distintos. Personalidad o identidad es sobre todo expresión como individuo o como colectivo —y como hemos visto: apertura a y desempeño de roles—. El hecho de que no haya presencia física —de que no se cumplan las cuatro condiciones de arriba y/o de que no actúen los aspectos asociados—, no significa que no haya interactividad y sobre todo que no haya expresión. Exige eso sí conciencia de lo que no se puede lograr, de lo que no está al alcance. Pero, precisamente por eso, porque se debe ser conciente de la carencia de ciertas condiciones, es que se hace necesario todo un diseño cuidadoso y todo un esquema de alternativas y decisiones que permitan activar la expresión —individual y/o colectiva— en medio de las condiciones particulares. Así, por ejemplo, cuando se programa un foro virtual para una asignatura, debemos ser concientes de que la bidireccionalidad de la comunicación no se dará en tiempo real —como sí se puede dar en el caso del chat—. Más, si se garantizan ciertas condiciones como la información y el interés compartido, las reglas de juego claras y sobre todo una atención a la expresión de los participantes, lo personal, lo que nos determina como seres individuales o colectivos, sale a flote y puede ser a su vez tratado como un insumo para retroalimentar y mejorar la comunicación.
Nos enfrentamos entonces al reto de adquirir destrezas de “lectura de lo personal” en las expresiones mediadas, así como hemos adquirido destrezas para captar lo personal a través del cuerpo y de sus aspectos asociados —¿no es el cuerpo una mediación de la persona?—. Tendremos, y con mayor frecuencia cada vez, que aprender a reconocer los humores (¿virtuales?), gestos (¿virtuales?), afectos (¿virtuales?) y nuevos aspectos asociados en ambientes de no presencia física, para descubrir y atender a la persona, pues detrás del computador, detrás de las letras, imágenes y mensajes que nos llegan a la pantalla, está un ser humano que necesita, sobre todo, comunicarse.
Ahora, el asunto de lo personal detrás de la pantalla es una situación típica en la educación virtual. Permítame, ya que me lo ha facilitado, extenderme un poco más en un tema tratado antes: la virtualización de la universidad, donde el desplazamiento de lo presencial parece cada vez una condición que se impondrá con el tiempo, ya sea para mejorar cobertura, ya para facilitar las posibilidades del aprendizaje profesional.
[editar] El caso de la universidad virtual —o el desplazamiento de la presencia física
La virtualización de la universidad, entendida como un desplazamiento radical de la presencialidad, es en sí mismo un movimiento que obliga a repensar no sólo la dinámica tradicional de la universidad, sino su finalidad y su función tanto social como cultural. En relación con sus dinámicas tradicionales, produce un efecto de conciencia y de sensibilización sobre asuntos como los roles de estudiantes y profesores y la función de las metodologías y estrategias educativas.
Y es precisamente ese repensar dinámicas, finalidades y funciones, el que hace que la virtualización no pueda ser considerada como simple instrumento pedagógico, o como estrategia sencilla de modernización de currículos y de otras condiciones de la educación, sino que exige radicales cambios en el pensar y en el actuar. Es un auténtico proceso cultural que contiene nuevos valores —o agregaciones de valor— y por lo tanto no se puede reducir al seguimiento o interpretación de una norma, o a la compra de unos equipos, sino que exige toda una “gestión del cambio” para que llegue a buen término.
Pero: ¿qué es la virtualización total de la universidad? En otro momento propuse asumir la virtualización de la universidad como un doble proceso: proceso técnico y proceso cultural que requieren, ambos, ciertas acciones estratégicas. Desde el punto de vista técnico, virtualizar la universidad es virtualizar sus espacios funcionales, esto es, disponer sectores del ciberespacio para apoyar tecnológicamente las actividades académicas y administrativas realizadas físicamente en los espacios tradicionales —aulas virtuales, laboratorios virtuales, bibliotecas virtuales, espacios virtuales de encuentro.
Es importante, sin embargo, hacer una aclaración. Existe la tendencia a identificar la virtualización de la universidad sólo con la incorporación de las tecnologías de la información y la comunicación en sus procesos y actividades académicas. Al hacerlo, estamos reduciendo la virtualización casi exclusivamente a la digitalización de las tradicionales formas de representación de la realidad, de la comunicación y del conocimiento. Pero virtualizar es mucho más.
Es mucho más productivo entender lo virtual no sólo como algo novedoso, que acontece hoy, que es de esta época y que está ligado a las nuevas TIC, sino como algo inherente al ser humano en cuanto sujeto y en cuanto ser social (Serres). Aceptando lo propuesto por Lévy, se puede interpretar la incorporación de tecnologías como una actualización, es decir, como una solución, una forma, una invención, que resuelve momentáneamente una problemática. Así, la virtualización de la educación superior sería una manera de afrontar ese conjunto problemático, ese nudo de tendencias que la enmarcan y determinan cada vez más: la globalización y la sociedad del conocimiento; la movilización de las instituciones educativas, el interés por incorporar las tecnologías a su identidad y a su funcionamiento, etc.
Se deben sumar a éstas, las tendencias que ya se venían dando en relación con la crítica a la educación centrada en la enseñanza: el fortalecimiento de las pedagogías activas y críticas, el impulso a la investigación relacionada con las tecnologías y la educación a distancia, la flexibilidad curricular convertida en política, la búsqueda de la equidad en las posibilidades de acceso, la demanda de calidad, etc.
En este nudo de tendencias hay un hilo que convoca las discusiones más notorias en la actualidad, que corresponde a los avances en la microelectrónica, la informática, las telecomunicaciones y la progresiva integración de todas ellas, gracias a la digitalización. Y esas actualizaciones o soluciones contemporáneas —y por lo tanto momentáneas— a ese nudo de tendencias —incorporación de tecnologías—, generan —y aquí lo realmente virtual— nuevos nudos de tendencias, nuevas preguntas, exigen creación.
Un ejemplo concreto: el nuevo papel del docente. Se están proponiendo soluciones, actualizaciones, pero estas generarán nuevos nudos de tendencias: el docente no como transmisor sino como acompañante, como ayuda en la navegación, como interlocutor, como tutor. Otro ejemplo: la gestión y disposición de contenidos. Se proponen facilidades para su digitalización y estructuración —herramientas de autor—, así como para su combinatoria y distribución en forma de objetos de educación, pero estas soluciones requieren repensar el papel del docente en tanto autor, obligan a realizar inventarios de los contenidos y de sus diferentes estructuraciones y potencialidades.
Finalmente, a la pedagogía se le exige un papel más comunicativo y las soluciones técnicas están a la vista, pero surgen los interrogantes sobre su verdadera eficacia.
En fin: la virtualización de la universidad no es sólo actualización técnica, es mucho más que eso y también responde a todo un proceso: el proceso mismo de hominización. Por eso he propuesto que la virtualización de la universidad debe entenderse como la potenciación de al menos tres dimensiones: una nueva cultura del texto, que reinventa la escritura; nuevas formas de conmensurabilidad, que consolidan la interactividad, la conectividad y los colectivos inteligentes como estrategias para tejer comunidades virtuales de aprendizaje; y nuevas formas de organización institucional, que obligan a reformular las coordenadas espacio-temporales de esa “empresa” llamada universidad.
[editar] Re-configuración del trabajo académico
La tendencia más reciente para visualizar el tiempo del aprendizaje, especialmente con la aparición del llamado sistema de créditos, es la de dividir ese tiempo necesario para alcanzar las competencias definidas como objetivo del aprendizaje en dos momentos: 1) tiempo que el estudiante dedica a la clase presencial y 2) tiempo que dedica al trabajo independiente. Pero, ¿qué sucede si se plantea una educación totalmente virtual? ¿Sólo podríamos hablar de trabajo independiente? ¿El estudiante de un programa totalmente virtual tendría entonces una desventaja cualitativa?
Tradicionalmente se ha vinculado la presencialidad a actividades que sólo el maestro puede promover directamente —corporalmente—: suscitar el asombro, generar nuevos interrogantes, discutir, argumentar, confrontar, resolver problemas, construir estructuras de pensamiento, desarrollar habilidades, reelaborar conceptos, etc. Pero en realidad todo esto se puede hacer a través de plataformas virtuales con una buena disposición de contenidos, un buen esquema de interactividad, una buena tutoría y una adecuada organización de actividades. Tal vez otros aspectos como formar en valores, educar la mirada, desarrollar actitudes, puedan ser mejor potenciados en el aula de clase presencial, pero aún así, si estos elementos se garantizan de otra forma como por ejemplo con encuentros de socialización o escenarios de vida estudiantil, el aula de clase y sobre todo la presencia física del maestro, al menos en su función tradicional —la trasmisiva—, dejan de tener un valor estratégico.
Aún más, la llamada clase magistral no tiene que ser tampoco presencial. Conozco el caso exitoso de la EAFIT que tiene un programa llamado “en vivo”, el cual facilita la grabación de “clases magistrales modelo” —profesores expertos de la institución, a veces incluso invitados extranjeros, desarrolladas con todas las condiciones de calidad técnica y académica— que pueden ser consultadas después, incluso por red, por los estudiantes, de una manera que supera la pura transitoriedad del momento presencial —la ven varias veces, la repasan—. Existen proveedores en red de contenidos de este tipo —clases magistrales—, aprovechados por programas académicos que no tendrían como pagar la presencialidad, la corporeidad, del profesor —costos de transporte, alojamiento, manutención, honorarios— que están demostrando que el contacto directo con el profesor es también un mito.
La pregunta sería entonces: ¿qué es lo que necesita estrictamente del contacto directo —corporal— del profesor? Una respuesta nos daría la clave de la “presencialidad”. Desde mi perspectiva particular prefiero distinguir entre acompañamiento personal —presencial o no— y trabajo independiente.
Ahora, si examinamos otros ítems tradicionalmente asumidos presencialmente, muchos de ellos podrían también virtualizarse. Desde el punto de vista técnico, los estudios de caso, las simulaciones, el trabajo colaborativo y las prácticas de grupo, son metodologías que tienen ya soluciones “virtuales”, cada vez más al alcance de todos. Queda pues como remanente la afirmación de que no se trata de disminuir la presencia de los alumnos, sino de aumentar su presencialidad en la institución.
Creo que ahí está la clave del asunto. Institución equivale tradicionalmente a campus físico con toda la parafernalia que “lo presencial” —la disposición física para cuerpos, libros, edificios y papeles— ha exigido y desarrollado a lo largo del tiempo. Pero la institución no es sólo eso, en realidad no es eso. Si pensáramos en una institución capaz de brindar los “servicios” que estrictamente requieren presencialidad: encuentros de socialización, vida estudiantil, fuentes de información —libros, expertos—, bienestar, actividades lúdicas; es decir, los espacios requeridos para la llamada formación integral, tal vez podríamos vislumbrar mejor el tiempo de trabajo del estudiante, pensándolo, todo como esencialmente un trabajo de tipo independiente con acompañamiento personalizado —insisto: presencial o no—. (Aquí simplemente una acotación. La necesidad de contar con una capacidad de trabajo independiente “introyectada” en los estudiantes de educación superior, debería ser motivo suficiente para reconfigurar toda la enseñanza básica. Nada sacamos con ser concientes de la necesidad de un trabajo independiente consolidado en los estudiantes universitarios, si estos no llegan preparados desde la educación básica. Es allá donde la presencialidad tiene un interesante valor, en la medida en que, paradójicamente, permita su desprendimiento. Una educación básica que promueva en el nivel técnico, pedagógico y sobre todo axiológico, el trabajo autónomo e independiente, sería la mejor semilla para que el movimiento de la virtualización prospere en la educación superior).
De otro lado, la presencialidad del profesor en una institución así, estaría más ligada a la que necesita el investigador para sus observaciones y consultas, y a la requerida para que el experto pueda ser consultado directamente. Todo el trabajo de creación e innovación pedagógica y de impartición de clases, es decir, de preparación y diseño de sus asignaturas, podría ser emprendido también en forma virtual —esto no quiere decir aislado, todo lo contrario, consultando pares en la red y desarrollando trabajo colaborativo con sus colegas—, dejando para lo estrictamente necesario —toma de decisiones por ejemplo—, los encuentros presenciales.
[editar] Internacionalización – Interconectividad
De otro lado, si hay algo que se facilita con la “disolución de la materia y del cuerpo” en las actividades universitarias, como diría Quéau, es la inserción de la educación superior en un mundo globalizado. Algunas estrategias de internacionalización pueden verse muy favorecidas con la virtualización o pueden ser soportadas y apoyadas por ella, pero creo que el movimiento de virtualización supera esta lógica, pues lo que realmente plantea es la conectividad, la construcción de una inteligencia conectiva y colectiva.
Kerckhove define la inteligencia conectiva como una condición de la mente que nace de la asociación espontánea o deliberada de numerosas personas en grupos. Esta condición pareciera, de un lado, estar favorecida hoy por la dimensión de conectabilidad simultánea, propia de la cibercultura —y que ha permitido el afloramiento de nuevas formas de pensamiento basadas en la interdependencia— y, de otro, expresaría muy bien la nueva realidad que surge de esa creciente conectividad en los distintos sectores de nuestra sociedad. La conciencia sobre la realidad de esta inteligencia conectiva permitirá, según Kerckhove, acelerar la sinergia de los procesos de conocimiento descentralizado, pues su dinámica no tiene un único centro, un sólo yo, sino que viaja de individuo a individuo. Surge así una nueva propiedad, un nuevo funcionamiento que podría estar afectando no sólo las tradicionales formas de conciencia compartida, sino las estructuras mentales mismas.
Siempre he creído, y me lo ha demostrado la experiencia, que una oferta virtual de asignaturas si no pasa por la constitución de una red académica, se queda en la reproducción forzada e ineficiente de los modelos tradicionales de enseñanza. Y esa construcción de redes es hoy la verdadera internacionalización del saber, sobre todo porque implica Interconectividad, es decir, construcción de colectivos inteligentes. Al fin y al cabo, tal como he insistido, la sociedad del conocimiento no puede tener otro escenario más eficaz que el ciberespacio mismo; su modelo de organización no puede corresponder sino al de la red cibersocial, es decir, al de una extensión de los colectivos inteligentes; su cultura concomitante no puede ser otra sino la cibercultura, y su infraestructura no puede sino estar constituida por la informática, la telemática y las redes electrónicas

