Cibercultura:-yo no uso el computador... -¿Pero lo sabe encender? La resistencia a los nuevos medios
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[editar] —Yo no uso el computador porque... —¿Pero lo sabe encender? La resistencia a los nuevos medios
P.- Frente al surgimiento y cada vez mayor auge de los nuevos medios electrónicos (especialmente Internet) podemos hablar de resistencia en dos sentidos: como la posición de quienes “sospechan” de ese auge y se empeñan en mostrar sus desventajas y en desarrollar una fuerte crítica, o como una estrategia que los promotores de los nuevos medios utilizan para sobrellevar el embate del duro ataque que sufren del otro lado, convencidos, sin embargo, del triunfo del nuevo paradigma. ¿Existe alguna esperanza de convergencia de estas posiciones?
R.- Lo primero que se me ocurre para intentar dar respuesta a esta cuestión es acudir a lo que Stuart Moultrouph llama "las leyes de los medios de comunicación", las cuales a su vez se pueden enunciar en forma de preguntas: ¿Qué refuerza o intensifica el nuevo medio?, ¿qué se hace obsoleto ante el nuevo medio?, ¿qué recupera el nuevo medio?, ¿qué lleva a su límite el nuevo medio? La primera pregunta podría responderse afirmando que los nuevos medios electrónicos refuerzan la interactividad y el ejercicio eficaz de construcción colectiva de los espacios semánticos, con un horizonte claro: la extensión en forma viable y real de una suerte de dialogismo universal —algunos incluso hablan del surgimiento de una inteligencia colectiva o conectiva, inédita en la historia de la humanidad.
La respuesta a la segunda pregunta pasa por toda una reflexión sobre el sistema de conocimiento que opera bajo la llamada cultura del libro. Objetos tales como la palabra impresa, el libro, la biblioteca, la escuela, las casas editoriales; pueden sufrir fuertes consecuencias frente a un desarrollo amplio de los sistemas interactivos electrónicos. Esos objetos serían los llamados a dejar de existir por lo menos en su forma actual. Pero también se dan otras reconfiguraciones muy fuertes, una de las cuales impacta sobre el autor de textos y otra sobre el maestro. En general, creo que asuntos ligados a la corporeidad —materialidad de los medios—, la identidad —estratificación de roles— y la presencialidad, tienen hoy que repensarse, pues los nuevos medios electrónicos hacen una “oferta” distinta a la comunicación humana que si bien no sustituye las formas tradicionales sí las enfrenta a una “competencia”, ante la cual deben ahora demostrar su verdadera y esencial funcionalidad.
Para responder a la tercera pregunta se puede recurrir a la observación de varios intelectuales que ven en los nuevos medios la oportunidad de recuperar ciertas dinámicas de la oralidad y de lo que podríamos llamar la imaginería —poder cognoscitivo de la imagen— que aparentemente retornan renovados con el desarrollo de los sistemas interactivos electrónicos, generando mejores posibilidades en los procesos de alfabetización y de comunicación en general, así como alternativas a la impresión de documentos, entre otros efectos. Sin embargo la extensión de estos sistemas, su naturalización, requiere de una especie de "segunda alfabetización", que permita un mejor aprovechamiento de las nuevas estructuras semánticas, las cuales tienden naturalmente a la anarquía —problema que se liga al de la tensión entre la facilidad para la obtención de información que ofrece hoy Internet, y la dificultad para convertirla en conocimiento—. Esta segunda alfabetización podría estar basada, según Moulthrop en la propuesta de Frederic Jameson de alcanzar una cartografía cognoscitiva, es decir, en la promoción de la capacidad para construir, desarrollar y navegar por mapas cognoscitivos que orienten la divagación por el discurso.
En cuanto a la última pregunta considero que los nuevos medios están retando fuertemente ciertos hábitos y realidades culturales tales como la organización por jerarquías, la homogeneidad de los discursos y las narrativas, los cánones, y, en general, las relaciones de poder basadas en esa lógica cultural desarrollada alrededor del apogeo de la tecnología de la imprenta. El auge de los nuevos medios y sus consecuencias están provocando posiciones reaccionarias vinculadas al mantenimiento del statu quo, lo que no es sino una clara manifestación de que los protagonistas del poder tradicional se sienten en un límite desconocido por ellos. Un caso particular de fuerte reacción se da en el ámbito educativo, tan ligado al libro cono sistema operativo, el cual, si bien siempre ha tenido como horizonte el flujo de relaciones intertextuales, constituye también una estructura de poder y de distribución de poder. La versión digital de dichos libros, la facilidad para publicar en Internet y la producción de nuevos objetos informativos y académicos en y para la red, por ejemplo, traslada las estructuras del poder a “lugares” donde quienes lo disfrutan actualmente no pueden ejercer su control.
´´P.- Precisamente frente a esta última observación, puede uno apreciar una especie de polarización del debate. ¿Esa polarización responde a la reacción ante los cambios que algunos promueven o es una dinámica más o menos natural frente a todo cambio de paradigma?
R.- Hace algunos años me propuse comprender la reacción y resistencia de la institución literaria —a la que yo pertenecía—, ante la irrupción de las nuevas tecnologías en sus prácticas y especialmente ante el poder narrativo de los llamados hipermedios. Esa reacción puede ejemplificar muy bien el asunto de la resistencia que usted ha planteado.
[editar] Una mirada a las mentalidades en conflicto
En aquella ocasión partí de la observación de que dicha irrupción constituía un verdadero “acontecimiento” para los literatos, con la típica reacción: temor, inseguridad, revisión y un proyectar nuevo. Pero enseguida planteé que para comprender su impacto había que acudir a lo que los historiadores de las mentalidades han llamado; la mirada de larga duración, es decir, el examen de mentalidades remanentes o resistentes que perviven en el tiempo y que de pronto explotan en escenarios favorables —generando conflictos renovados—, varios de los cuales intenté describir entonces. En efecto, una mirada a las mentalidades brinda la oportunidad para comprender la irrupción de la cultura electrónica en tanto acontecimiento y, por lo tanto, para discernir las resistencias y la distribución de los campos de poder que se configuran en distintos escenarios culturales contemporáneos ante esa irrupción. Veamos, si le parece, estos últimos en detalle.
Un primer universo semántico de lucha —que denominé entonces “pesimismo humanista vs. optimismo tecnológico”— es el constituido por las dinámicas discursivas que se generan entre quienes rechazan las irrupciones de lo tecnológico y quienes pueden ver en ellas una apertura a posibilidades tanto estéticas como conceptuales. Pero en realidad, este universo semántico, enfocado desde una esfera más externa, puede ser ampliado a uno de mayor cobertura: la lucha entre quienes defienden una concepción más bien modernista y romántica —estable— y quienes se empeñan por deconstruir tal ideología, ofreciendo a cambio una perspectiva distinta menos absolutista o más democrática —pero todavía sin probar—. Llamé a este universo semántico: la lucha entre los viejos y los nuevos.
Ahora, al explorar cuál era el escenario más favorable para la nueva visión me encontré con esa lucha de paradigmas que, desde hace años, circula con el nombre de: debate modernidad/posmodernidad, en el que también se ponen en juego controversias de orden filosófico y estético muy fuertes —modernos vs. posmodernos—. Pero, enseguida, acudiendo a Calabrese, y haciéndole caso a su propuesta de no asignar el nombre de posmoderno al gusto de nuestra época, sino más bien, el de neobarroco, derivé el debate hacia un nuevo universo semántico: la confrontación renovada de dos “espíritus”: el clásico y el barroco. Propuse que nuestro tiempo favorecía una especie de “retorno de lo barroco” que, si bien todavía lucha por posicionarse en la academia y en las instituciones, ya sería una presencia viva, incrustada en las distintas manifestaciones culturales de nuestra época.
Examiné un quinto universo semántico: el que queda configurado al reconocer el enfrentamiento entre los imaginarios colectivos de la resistencia —tradicionalismos o conservadurismos—, y los imaginarios de la renovación —o de la esperanza, siguiendo a Laplantine—. Pero este debate migró rápidamente a otra dimensión: la dimensión de orden político, en la que es posible rastrear el universo semántico constituido por la lucha entre Hierarco (Ley) y Anarco (Carnaval), entre agelastas y rumberos, entre absolutistas y demócratas.
Finalmente, intentando una mirada de orden más general, examiné la controversia que puede agruparse bajo la dicotomía: palabra vs. imagen, en la que también se puede apreciar una lucha por la hegemonía del signo —que a su vez tiene que ver con la dicotomía: cultura de la imprenta vs. cultura de la electrónica—. Allí es interesante observar cómo se debate un modo de ver y conocer el mundo —el originado desde una cultura de los libros, desde la lectura como valor— frente a una visión de mundo derivada de la imagen, de la presencia casi inevitable de la imagen (electrónica) en nuestra cultura contemporánea.
En realidad, la renegociación contemporánea entre palabra e imagen devela un conflicto muy complejo entre sistemas de representación simbólica —dentro de los cuales, la escritura es el más imponente—, y sistemas de presentación perceptual —o de promoción de la presencia inmediata—. Y la tecnología electrónica parece haber expuesto no sólo la fuerza de ese conflicto sino su irresolubilidad. Según Bolter, la deseable convergencia entre tecnologías de la impresión y tecnologías electrónicas parece cada vez lejana, y esto por dos razones correlacionadas: porque la imagen tiene hoy más probabilidad de imponerse como forma de acceso al conocimiento y la realidad, y porque el medio electrónico parece más proclive a la presentación perceptual. Estas dos citas del autor mencionado son bastante dicientes:
- La relación entre la palabra y la imagen se está haciendo tan inestable en los multimedia como en la prensa popular, y parece que esta inestabilidad se está extendiendo.
- En los siglos XIX y XX, el deseo de ver el mundo en la palabra ha sido sustituido gradualmente por el deseo más fácilmente obtenible de ver el mundo mediante las tecnologías de la ilusión perceptual.
Facilidad que hace pensar en un conflicto de fondo: el que se da entre signos arbitrarios y signos naturales. En efecto, las facilidades tecnológicas de hoy han generado el despertar de un deseo reprimido por la cultura y el orden del libro: el deseo por el signo natural, por pasar directamente del signo a la cosa sin mediaciones simbólicas, lo que implica, en su extremo, la disolución de los sistemas de representación que no son capaces de competir con sistemas de inmediatez y transparencia como la realidad virtual.
[editar] Una batalla por el signo
Pero la “batalla por el signo” es mucho más extensa, en tanto implica inventariar esa tensión ideológica caracterizada por el endurecimiento de dos posiciones: por un lado, la que reclama la posibilidad de poner en escena nuevas alternativas de escritura y expresión, y por otro, la que levanta la voz intentando impedirlo. Veamos una rápida panorámica de esas tensiones: Stuart Moultroph es uno de los autores más representativo de lo que se ha dado en llamar la promoción de las nuevas tecnologías. Sus ensayos dan cuenta de la resistencia tanto negativa como positiva frente a los sistemas electrónicos interactivos. Algunos de los conceptos que atraviesan los planteamientos de Moultroph tienen que ver con sus características, de algún modo, antagónicas a la tradición discursiva de occidente. Así por ejemplo, el concepto de "avería" intenta mostrar cómo el hipertexto —estructura enunciativa del ciberespacio—, es una especie de interrupción o accidente en el flujo lineal del discurso, que obliga a tomar conciencia de la falibilidad de algunas de nuestras certezas más fuertes en relación con una deseable precisión discursiva. Junto al concepto de Avería, Moultroph plantea que el ciberespacio constituye una posibilidad de realización concreta de espacios semánticos, es decir, de crear significaciones alternas a través de una práctica discursiva no lineal. Al discutir el carácter virtual del “nuevo discurso”, descubre que una característica fundamental suya es esa aparente inexistencia que lo hace un tipo de escritura potencial, disuelta en el espacio etéreo de la imagen electrónica, algo que irrita a los lectores habituados a un texto estable, amigable y cierto. Pero Moultroph también ve en la realización de sistemas hipertextuales como Internet, problemas que deben ser superados, y aunque en general se muestra optimista frente al posicionamiento de los nuevos medios interactivos, en algún momento, se detiene a analizar las posiciones de resistencia negativa, y debate específicamente las consideraciones de Birkerts y en general de la llamada “escuela elegiaca”.
Birkerts, en efecto, es considerado el mayor promotor de dicha "escuela", según la cual es necesario denunciar las pérdidas culturales a las que estamos enfrentados por la extensión de una cultura digital que estaría sustituyendo, sin una base sociológica adecuada, los valores propios de la cultura de la imprenta. Pero Lanham expone una posición antagónica cuando demuestra que la extensión de la información electrónica afectará positiva e inevitablemente campos aparentemente tan alejados de su influencia como el conocimiento humanístico y las artes. No obstante, es quizá John Palatella quien ofrece la mejor crítica y deconstrucción de la teoría de los promotores de los nuevos medios. Palatella propone que en la teoría de autores como Lanham, existe una especie de determinismo tecnológico y de desequilibrio genérico que en el fondo estaría orientado a restaurar ciertos privilegios del humanismo clásico, configurando una suerte de conservadurismo cultural de visos muy peligrosos. Heiman, de su parte, cree que el desmantelamiento de la palabra escrita, debido a los medios digitales, afectará no solamente aspectos psicológicos sino ontológicos que obligan a estar muy atentos a una extensión acrílica de la palabra digital. Para Heiman, el pensamiento creativo será sustituido por un pensamiento de la eficacia, y considera que la tan exaltada inteligencia colectiva, conducirá más bien a un tipo especial de estupidez. Gómez Martínez, en cambio, cree que estas resistencias no son sino desahogos nostálgicos frente a una realidad que derrumbará inevitablemente estructuras de poder y de distribución del poder, especialmente en el ámbito académico y universitario. Tolva prefiere hablar de miedos y ansiedades frente a la herejía electrónica, pero al final afirma que esto se debe a que estamos atravesando un tiempo de transición y que la comunicación humana se sabrá adaptar a las nuevas realidades que promete el computador.
Como se ve, el debate es amplio, diverso, a veces radical, pero siempre atento y de mucha altura. Y creo que si algo hay de positivo en la práctica de la resistencia —y en los dos sentidos enunciados por usted en su pregunta— es que, con ella, se da la oportunidad para que las posiciones se confronten, se autodepuren y así los beneficiarios últimos, los usuarios comunes, podrán acceder a realidades menos mitificadas y más prácticas.
Pero quisiera detenerme brevemente ahora en las implicaciones del debate en la escuela para finalizar con una propuesta de convergencia.
[editar] La resistencia en la escuela
Begoña Gros Salvat, investigadora catalana, ha analizado el resultado de varias investigaciones orientadas a explorar las actitudes de los profesores ante las nuevas tecnologías. Según su interpretación, que yo comparto, existen tres grupos de causas generadoras de las actitudes negativas de los maestros. De un lado juegan asuntos como la falta de evidencias sobre la efectividad del uso de las nuevas tecnologías, las deficiencias en el conocimiento de las herramientas y la falta de tiempo y medios para incorporarlas. En un segundo grupo se encuentran asuntos de tipo profesional, como el miedo a evidenciar carencias de conocimiento ante los alumnos y la idea de que el computador pueda sustituir a los profesores. Pero también existirían otras causas más relacionadas con la edad, el género, y hasta con las condiciones sociales específicas que podrían explicar la resistencia.
La capacitación de profesores en el uso de herramientas suele funcionar bien para amainar la resistencia, pero no en todos los casos elimina del todo la aversión, pues ella está más ligada a la inseguridad personal y a la ansiedad. Así mismo la demostración de beneficios —con la que se suele hacer contrapeso a la falta de evidencias de efectividad del nuevo paradigma— por sí misma no impacta tanto como la comprobación personal del valor agregado a través de prácticas concretas —propias y de pares cercanos—. En cuanto al tiempo y los recursos, estos son fundamentales para ambientar una transición hacia los nuevos escenarios. Lo que sucede es que tiempo y recursos no siempre están disponibles, a no ser que la institución entera sea la que decida apostarle al nuevo escenario.
Uno de los asuntos más fuertes a la hora de asumir los retos que implica la incorporación real de las nuevas tecnologías en las prácticas docentes, es que el profesor se siente inseguro en un asunto —la manipulación de los dispositivos informáticos— que por lo general dominan mejor los estudiantes, provocando problemas de autoestima y frustración a los que no está dispuesto el maestro, acostumbrado a un ambiente organizado de otra forma. El otro es la creencia de que los computadores sustituirán a los profesores. Pero esto es un mito que en realidad no tiene, al menos por ahora, posibilidad de convertirse en realidad. La sustitución de los profesores por computadores o por redes de comunicación, implicaría una transformación institucional estructural que al final significaría el fin de la escuela.
En cuanto a las dificultades de género, Gros sugiere que las mujeres están menos preparadas, incluso desde su infancia, para el uso de computadores, lo que se manifiesta finalmente en que como adultas los usan menos que los varones. Pone como ejemplo de esta situación el hecho de que los videojuegos —que son una especie de entrada lúdica al mundo de las nuevas tecnologías— son casi de uso exclusivo de niños y jóvenes varones. Por otro lado, las diferencias generacionales son claves en el asunto de las resistencias. Pero éstas juegan de dos maneras distintas. De un lado, la diferencia entre profesor y alumno en el uso de computadores pone hoy al maestro en desventaja, pues el niño y el joven tienen familiarizados el manejo y la práctica de los nuevos dispositivos, mientras que el profesor suele ser un neófito. Pero de otro lado, los padres presionan cada vez más a la escuela para que ofrezca formación en informática. Ambos lados de esta problemática recaen en el maestro, generando reacción. Finalmente, Gros hace una observación muy importante: la forma como juegan aquí las desigualdades sociales. No hay duda de que el acceso a las nuevas tecnologías está produciendo una nueva fractura social y el rezagado no tanto resiste —aunque también lo hace como una reacción natural de su marginación— sino que queda por fuera del nuevo circuito.
El asunto es complejo y requiere sobre todo de decisiones y apoyos estructurales, pues, hoy al menos, se pide y se exige al maestro su incorporación al nuevo mundo, pero no se le dan medios, recursos ni ambientes favorables que permitan su apropiación y entrada natural al nuevo paradigma.
P.- Pero: ¿hay lugar para la tregua o definitivamente estamos ante un panorama de conflicto irreconciliable?
[editar] Lugar para la tregua
R.- Yo creo que sí. Los creyentes en los usos progresivos y pluralistas de la tecnología, por ejemplo, no ven ninguna razón para que los libros no puedan coexistir con los nuevos productos electrónicos interactivos. Son más bien los detractores los que consideran que no existe una compatibilidad entre estas dos tecnologías y consideran especialmente afectado el mundo cultural tradicional con su irrupción. Por eso es necesario diferenciar entre una episteme de la impresión, con su ideología de paternidad literaria soberana y de productos estables, de una episteme cibertextual, con sus condiciones de discontinuidad, dificultad e inestabilidad inherente. Si la condición de valor para una obra impresa es la satisfacción, los textos digitales sobrepasan esta dimensión, pues sus condiciones son contrarias a esa satisfacción tradicional del lector de libros y procura un tipo de calidad distinta, más cercana a la representación de un espacio semántico —de construcción colectiva— y a la ruptura del discurso en el ciberespacio. La cultura electrónica genera un desafío a la cultura humanista y a una serie de asunciones fundamentales sobre el espacio social de la escritura. Como lo dije hace un rato, objetos tales como la palabra impresa, el libro, la biblioteca, la universidad, las casas editoriales pueden sufrir consecuencias graves frente a un desarrollo amplio de los sistemas electrónicos interactivos, lo cual exige de los "promotores" de los nuevos medios una alta responsabilidad. Pero parece igualmente probable que el compromiso con los medios de comunicación interactivos será inevitablemente afectado y hasta bloqueado por el camino de la reacción.

