Aproximación a la Psicología

De Wikilibros, la colección de libros de texto de contenido libre.
Saltar a: navegación, buscar

La Psiquis[editar]

En las concepciones antiguas, la psiquis se definía a partir de la contrapo­sición entre lo físico y lo psíquico. En estas consi­deraciones, el concepto de lo físico era semejante al concepto de materia, y muchas veces se reducía a una idea sobre la sustancia. Por supuesto que tratar de esclarecer qué es la psiquis partiendo de premisas semejantes, no puede menos que conducir a formulaciones erróneas.

De acuerdo con el materialismo dialéctico, lo material en general no se halla limitado a lo físico y, naturalmente, no todas las formas de la realidad material se caracterizan por sus medidas físicas; por ejemplo, las relaciones interpersonales en toda sociedad humana son materiales en un sentido estricto materialista-dialéctico; estas relaciones existen en un determi­nado tiempo y espacio, sin embargo, la extensión y el tiempo de las relaciones interpersona­les no se miden con medidas físicas. Preguntar acerca del grosor de estas relaciones es tan absurdo como preguntar lo mismo sobre los de­seos, o sobre la alegría, o sobre los conceptos y representa­ciones.

Cuando lo material se limita a lo físico, entonces todo lo que no es físico se toma por no material y la evidencia de su exis­tencia es analizada como una comprobación concreta de que existe el ser ideal. Sin embargo, este es un error demasiado vulgar. Lo ideal como tipo especial del ser no existe; sin embargo, esto no quiere decir que no exista lo ideal.

Cuando se habla de lo ideal se tiene en cuenta la imagen de cualquier objeto, fenómeno o proceso. Lo ideal es precisamente la imagen del objeto y no el objeto en sí. Esa imagen representa a un objeto solamente en sus rasgos más esenciales. La superioridad psicológica del reflejo del objeto en su forma de imagen, consis­te en que en ésta se encuentra representado solamente aquello que es importante para llevar a cabo una acción física o mental.

A diferencia de lo material, que existe independientemente de lo psíquico; la imagen existe sólo en la psiquis. Lo ideal no es una clase de ser, sino que constituye un conjunto de rasgos del objeto que se manifiestan al sujeto, es la forma de aparición del objeto ante el sujeto. En calidad de hecho dado al sujeto, lo ideal no es más que el contenido del reflejo psíquico del mundo objetivo.

La psiquis es una derivación específica de la materia. Con esta fórmula se afirma que lo psíquico es una propiedad y no una sustancia o ente aparte como lo habían considerado todas las concepciones anteriores al materialismo dialéctico. Pero además, lo psíquico es una propiedad, no de cualquier materia, sino de aquella que ha alcanzado un cierto nivel de desarrollo. En consecuencia, aparece relativamente tarde en la filogénesis, en un nivel superior de desarrollo del mundo. La psiquis surge solamente en los cuerpos vivos, en los animales que realizan una vida activa, que se mueven en un medio complejo y diferenciado. Ellos se ven obligados, constante y activamente, a adaptar su conducta a los cambios continuos de este medio y esto exige un aparato nuevo y auxiliar de la conducta: la actividad psíquica.

En calidad de propiedad que aparece solamente en los seres más organizados, lo psíquico no es una propiedad general y primaria, sino derivada y secunda­ria. Ello implica la existencia de unos mecanismos que la originen y al mismo tiempo que muestren la utilidad indudable que tiene para el organismo y justifiquen su aparición.

Lo psíquico, además, es una propiedad específica, particular. Esto signifi­ca, en primer lugar, que lo psíquico no puede redu­cirse a los procesos fisiológicos, aun cuando lo produzcan y constituyan su base material. En segundo lugar, esto significa la distinción y diferenciación a lo largo del proceso evolutivo del mundo material, de dos grandes niveles de desarrollo de los organismos: los que carecen de psiquis y los que están dotados de activi­dad psíquica.

La particularidad de lo psíquico consiste no solamente en que se diferencia cualitativamente de su base material, sino que gracias al reflejo psíquico los organismos que lo poseen, a diferencia de los organismos limitados solamente al estableci­miento de relaciones fisiológicas con el medio externo, desplie­gan formas nuevas y complementarias de relación con el mundo circundante, mucho más amplias, flexibles y útiles para su existencia y desarrollo.

Como quiera que lo psíquico tiene como base un órgano material que es el cerebro, se suprime el supuesto abismo entre lo material y lo ideal, puesto que lo ideal es función de lo material. El cerebro realiza lo psíquico como reflejo del mundo objetivo; pero, ¿para qué son necesarios los reflejos psíquicos del mundo objetivo? La respuesta es muy sencilla: el reflejo del mundo objetivo es necesario para poder actuar en él, y para actuar de una manera acertada, es necesario que este reflejo sea correcto.

Todas las vivencias psíquicas, en el caso particular del hombre, pasan a formar parte de su espiritualidad, de modo que en este tipo de reflejo descubrimos una unidad indisoluble entre lo objetivo y lo subjetivo: el reflejo del mundo real es objetivo por su contenido, puesto que refleja los objetos y fenómenos exteriores que lo determinan; es objetivo también porque se sostiene en un proceso nervioso real y se manifiesta en diferen­tes actos externos y en la conducta del individuo. Al mismo tiempo, el reflejo del mundo real es subjetivo porque siempre es un sujeto determinado quien refleja la realidad, amén de que este reflejo se imbrica inevitablemente con la experien­cia individual.

Esta forma peculiar de reflejo forma parte de la respuesta general del organismo a los estímulos del entorno. Por ello podemos inferir que la psiquis, al igual que todas las acciones del hombre, está determinada causal­mente por influencias exter­nas. Debido a esto, ningún proceso psíquico puede surgir por sí mismo sin que actúe sobre el cerebro una determinada excitación; pero tampoco puede desplegarse si no está garantizada la funcio­nalidad de este órgano. Esta es una de las razones por las que el cerebro es considerado el substrato material de la psiquis.

Debido a que la psiquis propicia el reflejo fiel de la realidad, ella se convierte en condición indispensable para que el hombre pueda orientarse en su entorno y transformarlo en beneficio propio. Esta función avala la importancia vital de la psiquis humana.

La psiquis, que por su origen y funcionamiento es una actividad de carácter reflejo, apoyada en la actividad nerviosa superior, es por su contenido un reflejo de la realidad objetiva que, en el caso del hombre, se halla condicio­nada por las particularidades de su vida y de su trabajo, así como por las condiciones de vida de la sociedad a la que el hombre pertenece.

La Naturaleza de la Psiquis[editar]

En el estudio de la causalidad de la psiquis, la psicología materialista-dialéctica promueve la idea según la cual, el reflejo psíquico se originó en el proceso de desarrollo de la materia.

Toda entidad material, no importa cual sea su nivel evolutivo, posee la propiedad de reaccionar de cierta forma a los estímulos que la impactan. En las formaciones orgánicas, la capacidad de reaccionar a consecuencia del contacto con los estímulos, se muestra como condición imprescindible para la realización del proceso fundamental de la vida: el metabolismo.

Las leyes fisiológicas que presiden la realización de estos procesos de excitabilidad diferencian esa clase de reacciones de las simples reacciones físico-químicas que se observan en la naturaleza inorgánica. En la excitabili­dad se manifiesta la capacidad de reaccionar de un modo independiente y activo, lo que sólo es posible con la aparición de la vida. Esta reacción autónoma puede expresarse de formas muy diversas: cambios en la estructura químico-coloidal y en las propiedades fisiológicas del protoplasma, insensibi­lidad parcial o total ante los estímulos exteriores, o extrema excitabilidad ante ellos, diversas reaccio­nes del organismo que van desde el simple movi­miento del proto­plasma hasta la compleja conducta de los animales superiores. Pese a toda la diversidad de las reacciones de los organismos ante los estímulos, la excitabilidad cumple una función de adaptación en todos los niveles de desarrollo del mundo orgánico. Su propósito fundamental es contri­buir a un mejor intercambio de sustancias en un entorno homogéneo que, por regla general, circunda uniformemente a los organismos. Bajo estas condicio­nes, las reacciones de adaptación se producen en respuesta a los estímulos exteriores que tienen una significación biológica directa, significación consistente en que contribuyen o dificul­tan por sí mismos el metabolismo.

La complicación de las condiciones de vida y la existencia en el mundo circundante de objetos que por sí mismos no favorecen ni dificultan la actividad vital del organismo, hicieron que la excitabilidad fuera insuficien­te como forma de reflejo biológico. Surgió la necesidad objetiva de distinguir el estímulo importante del que no lo era, y de reaccionar ante estímulos indiferentes pero que indicaban la presencia de otros de importancia vital. Aparece así una forma superior de reflejo de la realidad diferen­te a la excitabilidad: «el reflejo psíquico».

La aparición del reflejo psíquico ocurre en un contexto donde se da una constante relación del organismo con sus condiciones de existencia. Tales vínculos están destinados a equilibrar el organismo con el medio, y en ello radica su sentido biológico y su papel en la actividad vital de los animales. Estos vínculos tienen un carácter específico, condicionado por la índole de los estímulos que actúan sobre el organismo. Ellos tienen lugar sobre la base de los reflejos incondicionados. Así, cuando se produce el reflejo incondicio­nado, un determinado estímulo entra en contacto con la correspondiente porción sensoperceptiva del animal para transformarse al instante en un proceso vital espe­cial gracias al despliegue del proceso nervioso.

Sin embargo, el reflejo psíquico no es el reflejo incondiciona­do. Lo psíquico es el reflejo de los estímulos que no tienen una significación biológica directa. Por esta razón, es el reflejo condicionado el mecanismo general de la aparición de todas las formas del reflejo psíquico. Esta consideración es el único criterio científico que permite revelar la naturale­za de lo psíquico, y determinar en qué fase de desarrollo del mundo animal surge la forma psíquica de reflejo de la realidad.

El reflejo psíquico se origina a partir de las condiciones de vida y del desarrollo de la actividad de adaptación del organismo a determinadas situa­ciones de existencia. Toda adaptación tiende, al fin y al cabo, a mejorar el intercambio del organismo con el medio, de modo que en el reflejo psíquico está presente este propósito, aunque su contribución es muy especial. El significado de la psiquis para la actividad vital del organismo radica en que es un reflejo de objetos y fenómenos de la realidad que, sin asegurar directa­mente el proceso metabólico, orienta al organismo entre fenómenos vitales importantes, por lo que cumple una función de señal. Por ello, en última instancia, su finalidad es la búsqueda de información que permita, en cuales­quiera condicio­nes, el mantenimiento de la vida.

La psiquis no es una función homogénea. Tiene diferentes niveles de expre­sión que dependen de las condiciones del entorno, del género de vida del ser vivo y de su complejidad estructural.

La etapa inicial en el desarrollo del reflejo psíquico en los animales es el análisis elemental, que es la capacidad de separar únicamente distintas influencias que orientan al animal en el entorno. En esta etapa, los animales responden a estímulos aislados que desempeñan el papel de señales y orientan su conduc­ta. A esta etapa del desarrollo de la actividad refleja se le denomina sensibilidad elemental o etapa de las sensa­ciones elementales.

Una etapa nueva y superior en el desarrollo del reflejo es la que aparece en los vertebrados, cuyo sistema nervioso permite no solamente realizar el análisis de influencias aisladas consecuti­vas y conectar actos reflejos aislados en una cadena, sino formar conexiones en respuesta a los estímulos complejos que actúan simultáneamente. Se desarrolla la capacidad de orientarse no solamente con respecto a las cualidades aisladas del medio, sino también a sus combinaciones. Mientras que la simple vibración de la red es suficiente para que la araña se acerque al sitio de donde esta vibración parte, un pez carnívoro, por ejemplo, se lanza hacia su caza sólo cuando puede orientarse por una combina­ción determinada de cualidades que actúan sobre él.

En los vertebrados superiores (pájaros y mamíferos) aparece una forma más complicada de reflejo de la realidad, esto es, el reflejo de los objetos como totalidades y de las conexiones entre ellos. Esto exige la posibilidad de reflejar las relaciones, además de un alto desarrollo de las conexiones entre los analiza­dores.

Ahora, los animales responden no solamente a los estímulos aislados, sino también a la influencia de determinados conjuntos cualitativos que caracteri­zan uno u otro objeto. Estamos ante un nuevo grado en el desarrollo del reflejo; esto es la percepción de los objetos.

En los representantes más altamente organizados del mundo animal, en los monos y sobre todo en los monos antropoides, la actividad nerviosa superior adquiere un máximo de complicación y perfeccionamiento. Por ejemplo, en condiciones de laboratorio, un mono antropoide aprendió a utilizar «llaves de madera» para abrir un cajón, escogiendo de un conjunto la que correspondía al orifico de la cerradura.

Esta complicada conducta se denomina pensamiento manual o concreto. Este comportamiento demuestra que en el proceso de evolución biológica se encuentra aún otro grado superior de reflejo de las relaciones entre los objetos reales, que se basa en la posibilidad que tiene el cerebro del animal de formar conexiones temporales complicadas y «asociaciones de asociaciones».


La Psiquis Humana[editar]

El estudio de la evolución de las funciones cerebra­les muestra que cuanto más complicada es la estructura y la manera de vivir de los animales, más perfectamente reflejan éstos el medio exterior. Sin embargo, incluso las formas más desarrolladas de reflejar, típicas para los animales, se diferen­cian mucho de la forma superior humana de reflejo de la realidad: la con­ciencia.

Aunque la conciencia se ha preparado en el curso de la evolu­ción animal precedente y el cerebro del hombre se ha podido formar solamente sobre la base y como desarrollo ulterior del cerebro de los animales superiores, la apari­ción de la conciencia supone el paso a una forma cualitativamente nueva de reflejar la realidad objetiva.

Para intentar entender las particularidades de esta nueva forma de reflejar el entorno, es necesario estudiar los cambios en las condiciones y forma de vida que condujeron a la humanización de los antecesores del hombre. Estos cambios están relacionados con el paso de la vida de adaptación al medio natural a la vida basada en el trabajo.

El trabajo y la formación de la sociedad humana aparecieron como resultado de los cambios graduales en la manera de vivir de los monos altamente desarro­llados de que procede el hombre. Los antecesores del hombre tenían extremida­des anteriores bien desarrolladas que utilizaban para gatear, coger cosas, palpar objetos, etcétera. El desarrollo ulterior condujo a que estas extremi­dades se especializaran más en estos actos e intervinieran menos en la marcha, que se hizo función exclusiva de las extremi­dades posteriores, lo que conllevó a la marcha en posición vertical.

La mano, que había quedado libre de las funciones locomotoras y por esto podía actuar con los objetos, adquirió mayor agilidad en sus movimientos. En relación con esto se perfeccionó su estructu­ra anatómica: cambiaron las relaciones de longitud del brazo y el antebrazo, la articulación del brazo se hizo más movible, apare­ció la oposición del dedo grueso a los demás dedos de la misma mano, etcétera.

Esta evolución de la mano influyó sobre el desarrollo de todo el organismo. De la misma manera influyó enormemente sobre el desarrollo del cerebro. La ejecución de actos complicados, como es natural, motivó un desarrollo rápido de la corteza cerebral, que efectuaría el análisis de las señales procedentes de los órganos motores y, en primer lugar de la mano. De esta manera, en la práctica, la mano, que es el órgano de acción con los objetos, se per­fecciona al mismo tiempo como órgano de conocimiento de las cualidades de los objetos. Esto tuvo mucha importancia para el desarrollo de todas las funciones reflejas del cerebro.

Consecuencia del trabajo y al mismo tiempo condición importan­tísima para su desarrollo progresivo, fueron los cambios en el tipo de relaciones de los individuos. El trabajo, incluso en sus formas más simples, es siempre una actividad conjunta de las personas. Por esto, al mismo tiempo que se desarro­llaba el trabajo, tenía lugar la agrupación de personas que lo realizaban. Gracias a esto, la asociación natural en que vivían los antecesores del hombre empezó a reorganizarse sobre otra base completamente nueva. Si antes la asociación en familia y en rebaño se basaba en los instintos innatos y tenía por objeto procurarse los alimentos, desarrollar la prole y defenderse de las fieras, después el trabajo fue la base de las relaciones entre la gente. Se formó la sociedad humana basada en el trabajo. Esto condujo a un cambio radical en las relaciones sociales entre la gente. La necesidad de coordinar los esfuerzos de todos ellos a un fin común, de repartir distintas funciones y de transmitir de unos a otros las experiencias adquiridas, creó la necesidad del lengua­je, de las relaciones por medio del idioma.

El desenvolvimiento del lenguaje, que apareció en el proceso del trabajo, es la condición directa y más próxima para el desarrollo de la conciencia humana.

El lenguaje aparece por primera vez, y únicamente, en el hombre y en la sociedad humana. Los animales, aunque tienen comunicación entre sí por medio de señales vocales, no tienen un verdadero lenguaje. Las relaciones vocales de los animales son reflejos incondicionados e innatos a los excitantes externos e internos, y tienen una significación adaptativa, pues al actuar sobre otros animales condicionan la conducta necesaria e indispensable para conservar la vida de la especie. Por ejemplo, un animal responde a una señal de peligro con una reacción vocal que motiva en su prole una conducta defensiva e instintiva ──esconderse o volver hacia la madre── gracias a la cual se libra del peligro de perecer.

La reacción vocal del animal siendo respuesta a uno u otro fenómeno, tiene funciones de señal, pero, sin embargo, no designa el fenómeno, no transmite qué fenómeno determinado la ha motiva­do. Por esto, la conducta de otro animal que responde a esta señal vocal es respuesta inmediata a ella, como excitante acústi­co determinado, pero no respuesta adecuada a aquel fenómeno que la había causado.

Otra cosa completamente distinta es el lenguaje humano. Viendo delante de sí o representándose en su mente uno u otro fenómeno, el hombre lo nombra, lo denomina con palabras de su lenguaje, o sea con el mismo conjunto de sonidos con que lo denominan también otras personas. Como resultado, en el cerebro del hombre que percibe el lenguaje se forma una representación, un concepto o un pensamiento sobre este fenómeno.

La premisa natural para la aparición del lenguaje fue la comunicación vocal instintiva, que estaba relativamente muy desarrollada en los antecesores del hombre. Esto lo demuestra el hecho de que en los monos contemporáneos se distinguen sonidos de distinto carácter que permiten una cierta articulación de las reacciones vocales, gracias a los movimientos conjuntos de la mandíbu­la, los labios y la lengua. De esta manera, el lenguaje humano apareció sobre una base fisiológica y anatómica suficien­temente preparada por el proceso de evolución biológica.

Al mismo tiempo, el desarrollo del lenguaje articulado condujo a un perfec­cionamiento progresivo de los órganos fonéticos. El desarrollo de la pronun­ciación condujo a los cambios en la forma de la mandíbula inferior, al aumento de su movilidad, a la ampliación de la cavidad bucal que permite movimientos más libres de la lengua, y a los cambios de algunos músculos de la cara que condicionan una mayor movilidad de los órganos del lenguaje.

El desarrollo del lenguaje articulado llevó consigo también el perfecciona­miento del oído. Bajo su influencia, el oído humano adquirió una exactitud mayor para la diferenciación de los sonidos vocales.

La formación de numerosos movimientos de pronunciación, cada vez más flexibles, que tienen entre sí pequeñas diferencias, y el análisis delicado de los sonidos verbales están estrechamente unidos al desarrollo ulterior de la corteza cerebral, a la complicación de su estructura y de sus funciones. Esto condujo al desarrollo de aquellas regiones de la corteza en las que se efectúa el análisis de las señales auditivas del lenguaje. De esta manera la apari­ción del lenguaje articulado es el segundo factor principal que influyó para que la corteza cerebral adqui­riera las características específicamente humanas, tanto anatómi­cas como fisiológicas.

La consecuencia de los cambios enunciados fue la aparición de la conciencia. Su peculiaridad consiste en que la reflexión que ella implica, se efectúa por medio del lenguaje, es decir, a través de las palabras, que forman el segundo sistema de señales de la realidad.

La diferencia entre las señales del primer sistema y las del segundo está en que en el primero las cualidades mismas de los objetos son las que actúan sobre los analizadores, mientras que en el segundo sistema actúan de señales los reflejos de estas cualidades, en forma de sonidos verbales. Por ejemplo, la denomi­nación de un color que es cualidad propia de un objeto, sirve para el hombre de señal de este color. Por esto la palabra es una señal de señales.

Gracias al lenguaje, que permite fijar y transmitir de una generación a otra las representaciones, los conocimientos y los pensamientos elaborados en la práctica social de muchos siglos, el reflejo del mundo en el cerebro del hombre se ha hecho ex­traordinariamente rico.

Mientras que en los animales el reflejo de la realidad se limita únicamente a los fenómenos que actúan directamente sobre ellos, el hombre no solamente ve, escucha y toca lo que le rodea, sino que conoce por intermedio de otros hombres lo que estos saben acerca de los fenómenos reales que actúan sobre ellos y de aquellos con los que él no se ha encontrado nunca en el curso de su vida.

En el hombre, el reflejo de la realidad tiene una cualidad nueva. Gracias a que el reflejo adquiere forma verbal, el hombre no solamente recibe impresio­nes de los objetos y fenómenos que actúan sobre él, sino que adquiere la posibilidad de denominar verbalmente los objetos y fenómenos, dándose cuenta del contenido de sus impresiones.

Esto significa que sus impresiones ──las imágenes, las repre­sentaciones y los pensamientos── se hacen conscientes. De esta manera, aunque el reflejo consciente, como todas las demás formas de reflejo, aparece en el cerebro por la influencia de los objetos y fenómenos reflejados, es posible únicamente bajo la condición de que los fenómenos que influyen se denominen de una u otra manera por medio del lenguaje ──externo o interno.

Aunque el reflejo consciente es la forma principal y más desarrollada de reflejo de la realidad en el hombre, no es la única que existe en él.

Si cualquier estímulo del primer sistema de señales no entra en relación en la corteza cerebral, con los estímulos del segundo sistema de señales, entonces el fenómeno correspondiente no causa un reflejo consciente, o sea no se hace hecho de conciencia. Por ejemplo, cuando una persona va por la calle hablando con otra, en su cerebro no aparecen imágenes conscientes de la gente con quien se cruza. Sin embargo, a pesar de que tal persona no se da cuenta de estos fenómenos que actúan sobre ella, sus movimientos están regulados por estas influencias, por ello no choca con otros peatones, o no se cae cuando baja de la acera al pavimento. Esto significa que tales fenómenos se reflejan en su cerebro y motivan los actos correspondientes de su conducta, pero el individuo no se da cuenta, no tiene conciencia de estos fenómenos que refleja; su reflejo no tiene lugar en forma consciente. Esto es un reflejo psíquico, pero no consciente.

No por el hecho de ser inconsciente, el reflejo psíquico deja de tener importancia. Quiero narrarle un hecho que conmovió a la opinión pública mundial de la época y dio lugar a que se desatara la fantasía y la polémica sobre el enigmático caso que algunos denominaron «la maldición del faraón». Veamos los hechos:

El joven faraón Tut Ank Amón, quien había muerto de forma súbita y desconocida 1400 AC., permanecía momificado y sepultado en un sitio secreto del Valle de los Reyes, en Egipto. Durante siglos se buscó infructuosamente su tumba, hasta que en el año 1922, el arqueólogo inglés Howard Carter, en unión de su amigo lord Carnavon y un equipo de auxiliares, hicieron el colosal hallazgo.

Los antiguos egipcios creían que las tumbas de sus soberanos eran inviolables y que aquellos que osaran profanarlas, sufrirían la venganza del espíritu del rey. Eso decían los viejos papiros y la idea, en pleno siglo XX, se albergaba en la mente de ciertos sectores de la población egipcia.

Los arqueólogos, luego de profundas excavaciones, encontraron la segunda puerta del panteón en la que una inscripción rezaba: «A todos aquellos que toquen la tumba de un faraón, arrebatará la muerte».

La tumba fue abierta. Ocurrió entonces que un árabe, el primero que había tocado la puerta sellada, ¡murió víctima de unas fiebres repentinas! Aquel hecho estremeció el ánimo de todos los integran­tes de la expedición, y hubo quienes comenzaron a relacionar el fallecimiento con el anatema de la inscripción.

Poco después, durante unos días de receso en los que se hacían trámites con el gobierno egipcio, lord Carnarvon enfermó repenti­namente: "Estoy perdido sin remedio", confesó. Entró en estado de coma y al día siguiente murió.

Para no pocos, esta fue la demostración más convincente de que sobre ellos pesaba un castigo sobrenatural, y en algunos casos devino una obsesión aterradora. El millonario Gould, quien había examinado la tumba, murió; el príncipe Alí Fahmy, quien había visitado la cámara mortuoria, se suicidó; también murió su secre­tario. Más tarde falleció sir Archibald Douglas Reid; también los arqueólogos Benedite y Casanova, lord Westburg, y otros científi­cos, periodistas y nativos, que de alguna forma tuvieron relación con la tumba del faraón, hasta la cifra de diecisiete personas.

He aquí el efecto de un fenómeno que opera en el plano incons­ciente, y que se denomina sugestión. Las personas fallecidas en este singular hecho, creyeron firmemente en la «maldición», creyeron también que no se salvarían, y perecieron víctimas de su propio estado psíquico.

Considerando que en el hombre se dan dos formas de reflejo de la realidad, la consciente y la inconsciente, es necesario recalcar que estas dos formas están relacionadas y unidas entre sí y pasan una a otra. Los fenómenos que en un caso dado no determinan un reflejo consciente, en otras condiciones pueden hacerlo. Es suficiente, por ejemplo, que el peatón antes mencio­nado vea entre las personas a un conocido para que esta impresión inmediatamente se haga consciente.

De esta manera, el reflejo por el hombre de la realidad objeti­va tiene diferentes formas según las condiciones en que tiene lugar y a las que él responde. Por esto, aunque no todos los fenómenos que actúan sobre el hombre se reflejan en su cerebro en forma consciente, cualquier fenómeno que actúa sobre sus órganos de los sentidos, en condiciones determinadas, puede motivar un reflejo consciente.

Como regla general, el reflejo consciente de uno u otro fenóme­no aparece cuando el hombre necesita aislarlo para resolver alguna tarea. Si un hombre que va por la calle busca entre los peatones a sus conocidos, entonces todas las personas que encuen­tra en su marcha serán motivo de reflejo consciente. En general, cuando el hombre se plantea la tarea de darse cuenta de un fenómeno o de un grupo de fenómenos, estos se harán conscientes.